Este periódico escolar nace como una aventura en la que un grupo de alumnos y de profesores quieren explorar las posibilidades de las herramientas de comunicación que existen en Internet. Está abierto a la colaboración de alumnos y profesores de nuestro Instituto.
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miércoles, 22 de mayo de 2013

Concurso de Relatos 2013 - Categoria B: Prohibido recordar

PROHIBIDO RECORDAR

Hay cosas que son inevitables, si lanzas algo por muy alto y fuerte que lo hagas siempre acabara cayendo, es algo natural porque existe la gravedad. Del mismo modo es inevitable la muerte y el sufrimiento, el amor y los sueños, las lágrimas y las risas ¿Por qué? porque estamos vivos y al estarlo estamos sujetos a pasar por ciertas cosas. Levantarse un lunes con sueño, cumplir años o enamorarse de la persona menos indicada, definitivamente hay cosas que son inevitables y yo estoy inexorablemente enamorada de él, aquel que una vez estuvo tan cerca y ahora es solo un conocido, solo el prometido de una amiga.

Desde que todo esto empezara meses atrás no he tenido el valor de sentarme frente al papel, el temor me inundaba con tal solo pensarlo y mi mente se bloqueaba. Escribir es simplemente algo que forma parte de mi, una liberación, una forma de dejar el mundo atrás y sacar todo lo que llevo dentro. Pero, por eso mismo, es algo que en ocasiones me aterra, cuando escribo soy demasiado transparente por mucho que quiera evitarlo y por más ganas que he sentido estos meses me he reprimido, incapaz de sacar todo esto a la luz pero, ahora, con la ayuda de mi mejor amigo voy a enfrentarlo. Voy a desafiar ese miedo irracional al papel en blanco, a los recuerdos que irrefrenables invadan mi mente pues, aun hoy, todo me recuerda a él.

Escucho como tocan el timbre y me levanto a abrirle la puerta a Carlos quien me saluda con una cálida sonrisa.

Menudos hábitos tienes enana- Dice mientras se encamina hacia mi habitación.

Tu como si estuvieras en tu casa ¿eh? – Digo molesta por el apelativo, odio que hagan referencia a mi estatura- perdona por la hora es que tengo la costumbre de escribir de noche.

No te preocupes de todas formas llevo un par de días con insomnio al menos así tendré compañía, venga pongámonos a ello- dice mientras pone la mano en mi hombro, en un gesto de apoyo que le agradezco.

Me siento en el escritorio, ya está todo preparado, cierro los ojos e intento encontrar las palabras con las que comenzar, abro los ojos y pluma en mano dejo que las letras me envuelvan.

“En el mismo instante en que nuestros ojos se cruzaron los acontecimientos se precipitaron, demasiado, antes de que pudiera reaccionar no quedó más que llorar y ahora, como cada noche, me encuentro en mi cama padeciendo las consecuencias. Mis ojos se hallan fijos en ese techo blanco que he acabado por odiar, no sin motivo y es que no me has dejado otra opción que encomendarme al sueño como cura para esta herida que siento latir en mi interior. Ese descanso tan esperado que imploro borre mi realidad y me libere de mis cargas aunque sea tan solo durante una breve tregua mas, incluso entonces, siempre estas ahí. Te hayas escondido en un rincón de mi ser, cazador de madrugada, esperando el momento oportuno para asaltar mi raciocinio. Nunca es suficiente, aun cuando mis lágrimas llevan tu nombre, aun cuando hasta la ultima gota de mi sangre es tuya no eres capaz de ver lo que se esconde tras mi fría fachada. Cada día al despertar tengo que enfrentarme a ese techo blanco que me devuelve a la verdad, a la nada.

Lo que nos rodea se puede equiparar a un segundo dentro de un sueño que olvidaras al despertar, tus besos fueron como copos de nieve en mis labios.

Ahora solo queda observar ese cielo sombrío, cubierto de nubes cenicientas y amenazantes, ¿hay esperanza de que hoy por fin vengas a visitarme?

-Tengo algo que te pertenece- pienso mientras hago girar el anillo en mis dedos.

Me giro en la cama y no sé en qué momento ocurrió, solo sé que estas ahí, parado, inmóvil, frente a mí, con la mirada tensa y perdida, como queriendo descifrar algo tan fácil y tan difícil a la vez, ¿Qué sientes?, ¿Duda?, ¿Temor tal vez? Detrás de esa gélida mirada atisbo una chispa de felicidad, ¿También te alegras de verme?

-Sabías que vendría y aun así te has negado a verme... eso te hace parecer una niña pequeña.

-Y tu finges no entender el mensaje implícito en ello

-Son celos acaso... ¿lo que delatan tus ojos?- Sonríes ante tu pequeña victoria.

-Te... te equivocas. Eres un enfermo.

Se lleva la mano al pecho, justo sobre su corazón.

-Pero que equivocadas estas... esta enfermedad incurable, es solo por tu causa amor mío.

-¡No digas esas cosas!- Me sonrojo violentamente y aparto la mirada, el contemplar sus ojos no me hará ningún bien. -¿Qué parte de no pienso involucrarme con alguien comprometido no has entendido?

-No actúes tan infantil- Duda en acercarse.- sabes perfectamente que no la amo.

-¿Entonces por que sigues adelante con todo esto? A esa chica parece que se le han muerto las neuronas, su único talento es convertir el oxigeno en dióxido de carbono, ¿Por qué?-bajo la cabeza mientras respiro hondo y aprieto los labios hasta formar una fina línea. -¿Por qué ella y no yo? – añado en mi mente.

-Ya te lo expliqué, no es decisión mía y ciertamente no me agrada pero no puedo hacer otra cosa- dice calmado mientras con la palma extendida hacia mi solicita aquello que llamo suyo.

-Te lo cambio por un beso...

Mi boca tembló ante el conocido sabor de aquellos labios que tanto había soñado volver a tener. Sentí sus manos estrechar mis rubios cabellos y vi sus párpados cerrados como símbolo de confianza absoluta. Me ha derretido con tal facilidad que no puedo hacer otra cosa que corresponder con dulzura y pasión entremezcladas. Que aferrarme a su espalda, como si mis manos jamás hubieran olvidado el tacto perfecto que solo el posee.

-Te amo- Dijo justo antes de volver a besarme. Mi corazón brincó de dicha, saltando con fuego vigoroso en mi interior. Me abracé a él como a la vida misma que solo he recuperado en este instante. Me levantó en sus brazos y mi risa estalló en el lugar -Y no me importa nada más, volveré cuando todo haya acabado- susurro en mi oído, apenas un suspiro que era solo para mi. “

Exhalo lentamente y me dejo caer en la silla, me concentro en reprimir el impulso de salir corriendo, de huir. Tengo ganas de llorar, hace mucho que no lo hago, quizás demasiado, mi entereza se derrumba y desmorona sin remedio en medio de este mar embravecido de sentimientos, demasiado tiempo eludiéndolo.

Me siento débil y frágil, desprotegida y expuesta, siento como si pudiera romperme en cualquier momento. He escrito lo primero que me ha pasado por la cabeza, simplemente me he dejado llevar y no he podido resistir la tentación de hacer que por una vez una de mis historias tenga un final relativamente feliz.

Me giro en la silla recordando súbitamente que no estoy sola y veo a Carlos dormido en mi cama con un libro en la mano, me levanto y me siento en la orilla, una sonrisa dulce curva las comisuras de mis labios mientras le acaricio el pelo castaño. El se remueve en sueños y abre lentamente los ojos.

Perdona no quería despertarte.

No te preocupes, ven aquí- dice mientras me estrecha en sus brazos, reconfortándome- has llorado ¿verdad?

No hace falta responder, él lo sabe perfectamente, me dejo acunar en sus brazos y que estos retiren con su calidez el frio que arde en mi interior.

Gracias.

No me las des, estoy aquí para ti como tú lo has estado siempre, creo que en cierto modo es inevitable que seamos los amigos quienes estemos para ayudar a sanar las heridas que otros dejan en el corazón – se levanta de pronto de la cama y me tiende la mano- venga basta de cursilerías y tonterías, vamos a desayunar que ya ha empezado un nuevo día.

Me dejo guiar por él y al salir no puedo evitar reír sin motivo alguno, me mira interrogante y yo empiezo a correr, ya fue demasiado tiempo estado en la oscuridad, es hora de dejarme bañar por la luz, por este sol cegador que me da la bienvenida al mundo de nuevo.

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Concurso de Relatos 2013 - Categoria B: Algo nuevo de que hablar

ALGO NUEVO DE QUE HABLAR

Una de las cosas mas agobiantes es encontrarte nuevo en un sitio extraño, sin conocimiento, sin idea de que te vas a encontrar, sin saber que va a pasar con la gente a tu alrededor. Todo ello se agrava cuando no es normal tu llegada...

Sales de un sitio, maravillado porque ya no tienes que aguantar todo lo que dejas atrás; y te encuentras en otro, y te ves raro, en mi caso más raro aún de lo que soy. Te ves sumergido en un lago, lleno de tiburones. Estás agobiado, te miran todos con una cara muy extraña, parece que a la espera de que hagas un pequeño movimiento para saltar hacia ti y hacerte sufrir sin piedad. Y de repente, tras los muros, ves la luz. Es el momento en el que a alguien se le ocurre hablarte. Entonces esa sensación de agobio que te inunda se reduce un poco.

Una simple sonrisa, y ya crees que todo parece que va a ir bien. Poco a poco te ves integrado en ese extraño y nuevo sitio, pensando que ya eres uno más. Haces conocidos, de conocidos a algo más conocidos, de algo más conocidos a amigos, y ahí, en algún caso, encuentras a gente maravillosa, desde un extranjero que no tiene nada en común contigo y resulta ser de lo mejor que te vas a encontrar, hasta gente comprensiva, que se esfuerzan y te tratan bien, cogen confianza contigo desde el primer momento y percibes que son bellísimas personas.

Nada puede ir mejor hasta que un simple día deciden hacerte la vida imposible. De un día para otro comienzan a tratarte mal, te insultan, te critican con las peores palabras que has escuchado nunca, y eso te duele. Tratan de hacerte de todo sin ningún motivo. En ese momento ves que todo lo que habías construido tan rápido y fácilmente se desmorona, como la casa que cae tras un huracán, soportando bajo su techo el miedo y la alegría de una familia asustada. Y no sabes ni siquiera por qué. La gente te da la espalda, apenas nadie te apoya, ese amigo tuyo que hiciste te abandona, no contesta tus mensajes, no te habla. Estás muerto para él. Algunos no te defienden por miedo, por miedo a que le tomen a él como un igual tuyo, por miedo a que le hagan pasar lo mismo que te están haciendo pasar a ti, y todo lo que creías tener se desvanece como un rayo de luna. Y nadie hace  nada. Al menos hay una persona que se preocupa por ti, pero no es suficiente, por mucha ayuda que te preste esa persona no se puede luchar contra tantas personas a la vez. Y con el paso de los días, esa persona, que era tu apoyo, desaparece.

Ese momento es cuando descubres que saliste de un sitio horrendo pero más controlado que a donde fuiste a parar. Y sientes de todo por el cuerpo. Es tu futuro, y hay gente que por diversión te lo quiere destrozar.

Te encuentras en un pasillo sin salida, con un solo espejo delante que refleja tus fracasos. Pierdes la esperanza, lloras, porque todo lo que haces es un fracaso, tu vida misma lo es, y no tienes dónde ir, porque sientes que hagas lo que hagas vas a fracasar una y otra vez sin lograr absolutamente nada.

Pero de repente tras ese espejo ves una puerta, una una salida hacia algo nuevo y a la vez conocido. Algo que se repite, volver a un sitio nuevo, y sientes que ya no sabes si va a ir bien, si va a ir mal, si te hablarán, si serán comprensivos, si no volverán a romperte por completo. No tienes ni idea, sólo sabes que estás asustado, porque sabes que no hay una tercera oportunidad para que te acepten y no te destrocen la vida. Ese es tu nuevo sitio y debes quedarte allí, pase lo que pase, no hay vuelta atrás.

Imaginas que llegarás, pasaras varias horas entre soledad y miradas extrañadas, en el mejor de los casos, si no te obligan a contar tu vida o cómo eres ante tanta gente, gente que no conoces de nada, y a las pocas que sí, no quieres estar detrás de ella todo el rato, así no puedes estar bien en un sitio. Hay que integrarse, pero visto lo que has vivido antes, te ves incapaz, te cuesta mucho.

No sabes si intentar poner de tu parte o quedarte solo, cerrado ante todo el mundo, que no sepan nada malo de ti, pero tampoco nada bueno. Dudas de cada palabra que dices, por miedo a que siente mal a alguien, y así volver a ser algo nuevo de qué hablar.

Pero eso es solamente una imaginación. La realidad puede ser mejor. O peor. Mucho peor.

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Concurso de Relatos 2013 - Categoria B: Destiny

DESTINY

Vi algo moverse entre las estanterías. Parecía… ¿un pingüino? Lo seguí por los pasillos. Entró en un ascensor pero…no estaba ahí antes ¿O no me habías fijado? El pingüino se puso en frente del panel de números, que ocupaba una pequeña franja de arriba a abajo del ascensor, y le dio una patada. El panel giró y nuevas plantas aparecieron en los botones. Estaban ordenados en zig-zag, había hasta trece plantas. El pingüino le dio a todos los botones por orden. El ascensor empezó a moverse a una velocidad vertiginosa.

Cuando llegamos a la decimotercera planta, las luces se apagaron y la puerta se abrió. El pingüino comenzó a andar por el césped. Solo había un edificio moderno en frente. Seguí al pingüino. Podía oír cantar a los pájaros, ese era todo el sonido que había. Reconocí el edificio, era la biblioteca a la que siempre iba. Fui a las estanterías que ponían la letra “D”. Recorrí varias calles. Me paré en una concretamente, recordaba haberlo visto allí, pero no estaba. Cuando me giré vi al pingüino y salió corriendo. Lo seguí. Se paró en la última calle y giró hacia la izquierda. Entre las últimas estanterías de esta calle, había una puerta con una especie de puzle pegado en el que las piezas se movían solas. Cuando se ordenaron la puerta se abrió. El espacio que le seguía era completamente diferente. Al llegar al final, había una larga escalera metálica; al bajarla, pude ver gigantescas estanterías que ocupaban casi todo el espacio, había muchas y tan grandes, que tenían andamios tubulares que recorrían todas las calles, llenas de libros, todos con el mismo color amarillo en el lomo.

-Es fascinante, ¿verdad?

Me giré buscando la voz. Había un hombre en la escalera que unía la planta en la que estaba yo con la superior. Era alto, albino, tenía su largo pelo recogido en una coleta que caía sobre sus hombros, con unos ojos azules perturbadores. Saltó de la escalera y realizó un magistral aterrizaje. El pingüino se refugió tras él.

-Bienvenida ¿Qué tipo de libro estás buscando?- debió percibir que no me sentía nada cómoda -Bienvenida al anexo de la biblioteca central, agujero en el cielo. Soy Teufel, el encargado de esta parte de la biblioteca ¿En qué te puedo ayudar? -dijo con una voz suave y tranquilizadora.

-Um…bueno, ¿podría ayudarme a buscar el libro Destiny?

-Prometo encontrar el libro que deseas en este almacén del conocimiento y mar de recuerdos - dijo manteniendo una sutil sonrisa.

Era un hombre muy raro. Le seguí a través de la calles del anexo de la biblioteca. Iba descartando libros sin apenas fijarse en ellos. Para mí, todos eran iguales. El anexo de la biblioteca central era inusualmente espacioso.

-Eres nuestra primera visitante en mucho tiempo. Este no es un lugar en el que puede entrar cualquiera. Solo los invitados elegidos pueden entrar. Es una biblioteca especial. -Dijo con un halo de misterio, casi siendo tenebroso- Eres una persona muy especial elegida por el destino. Lo encontré ¿Ves? Esta es “tu historia” que estabas buscando- comenzó a leer -Hace tres años, ella tuvo dos amigas. Preciosas amigas con las que compartía sus sueños.

En ese momento tuve el flashback. Fue hace cinco años. Me encontraba en la escuela, dentro de la clase. Estábamos las tres, preparándonos para la audición. Habíamos terminado de elegir que foto pondríamos en el formulario. Pero Marian seguía pensando. Pensaba qué nombre deberíamos poner este año. Margarita y yo también nos pusimos a pensar. Propuse triple-M, porque nos llamábamos Marian, Margarita y Marina. Fue lo último que escribimos en la inscripción. Margarita nos recordó que al día siguiente íbamos a grabar el vídeo, y que los lazos del pelo debían combinar. El encargado cerró el libro y me miró de reojo.

-Cierto, algo así pasó –dije con la cabeza agachada mirando fijamente al suelo.

-Pero este no es el libro que buscas. Sigamos con el siguiente entonces. Después de todo, hay muchos libros aquí- Seguíamos avanzando por los pasillos, los libros pasaron a tener el lomo de color rojo. Se paró tras andar algunos pasillos, y cogió un libro.- Esta es la siguiente historia. Esa noche, la madre de la chica le llevó los lazos que tanto le había pedido.

Volví a tener un flashback. Estaba dentro de casa, era de noche, mamá me había hecho las coletas. Estaba enfrente del espejo. Mamá había comprado los lazos equivocados. No podría perdonarla por eso. Me quité el lazo de la coleta y lo lancé al suelo. No servía porque no era el mismo que el de Marian y Margarita. Le dije a mamá muy alterada que debía ir a comprarlo, mañana era demasiado tarde para hacerlo. Me levanté demasiado rápido y perdí el equilibrio. Me caí, dándole un golpe al espejo, haciendo que este se cayese hacia mí, pero mamá se interpuso. Llamamos a la ambulancia. Ya dentro del cuarto del hospital, vi a mamá vendada, ya que tenía una herida que le dejaría cicatriz. Me arrepentí mucho. Corrí hacia ella, llorando, la abracé muy fuerte y me disculpé hasta que la lágrimas ahogaron mis palabras.

-Eso fue muy conmovedor. Una historia de amor entre madre e hija. Es muy lacrimógeno ¿no crees?- me miró, pero no levanté la mirada del suelo -¿Oh? ¿Este tampoco es? Vaya, vaya…tenemos una petición algo complicada de nuestro huésped. Como era de esperarse. No tenemos otra opción. Vayamos más profundo aún.

Subimos varias escaleras. Al igual que pasó antes, el lomo de los libros cambiaron de color, ahora eran morados. Volvió a coger un libro completamente al azar.

-Al día siguiente la chica le contó a sus amigas lo que había pasado. Su egoísmo había marcado a su madre de por vida. No pudo tener los lazos como había prometido. Quizás, la chica quería castigarse a sí misma diciéndoles a ellas la verdad. Pero, tal vez las dos la odiarían por eso. Esos pensamientos le hicieron un nudo en la garganta. Parece que no estás muy contenta tampoco con este- dijo cerrando el libro -Cierto, la parte que quieres leer es el resto del libro.

Era el último día de colegio. Me fui una hora antes. Había salido cuando algo me golpeó en la cabeza. Podía ver a mis compañeros a través de las ventanas. Marian y Margarita estaban en primera fila. Su mirada era triste, con una pizca de dolor. Aún lo recordaba, ese fue el último día que acudí al colegio. Fue la última vez que las vi.

-Y dos años después, te las encontraste de nuevo…de una manera muy cruel, aparecían casi en todas la vallas publicitarias. Si nunca hubiese pasado eso, probablemente estarías con ellas. Probablemente cantarías con ellas en doble-M.

-Puede ser, pero eso quedó en el pasado.

-¿Oh? ¿Entonces por qué estabas buscando esta historia? ¿Para darte autocompasión a ti misma?

-No, solo quería asegurarme de que eso quedó en el pasado.

-¿Tú crees? Quizás en el fondo las odias.

-No las odio. Porque ellas fueron verdaderas amigas en aquella ocasión. Las sigo animando desde el fondo de mi corazón.

-Eres una chica admirable. Pero entonces… ¿Por qué le sucedió eso a una chica de tan noble corazón?

-No lo sé.

-¿No viniste aquí para buscar esa respuesta?

-No…no lo sé…simplemente no lo sé.

-Dices que quedó en el pasado, pero… ¿De verdad terminó la historia? Como dije, el libro que deseas leer desde el fondo de tu corazón, está aquí. La historia aún no ha acabado. Sí, por ejemplo…- dijo sacando de entre unos libros una especie de gorro, bastante extraño, que parecía un pingüino.

-¿Qué es eso?

-Es el velo de novia de la novia del destino- dijo colocándomelo en la cabeza.

-¿Novia? ¿Yo? ¿De quién?

-La respuesta a esa pegunta, probablemente sea el camino del destino-dijo agarrándome la mano.

-¿El camino del destino? ¿Dónde está eso?

-Ya conoces el lugar. Te diré la respuesta cuando me necesites otra vez, después de que vuelvas a tu mundo. Acerca del camino del destino. Hasta entonces…

-No-dije forcejeando para que me soltase la mano.

El espacio en el que estábamos empezó a desvanecerse. Las escaleras se rompieron en cristales. Los libros empezaron a caerse de las estanterías y, cuando tocaban el suelo, se desintegraban. Las luces se apagaron. El suelo desapareció bajo mis pies. Solo quedábamos Teufel y yo. Él sujetaba mi mano. La soltó, y empecé a caer. No sabía la altura de la caída. Eso me daba miedo.

-Qué mal. No olvides esto- dijo lanzándome un manzana roja -no olvides el fruto del destino.

Caía lentamente. Veía cómo la manzana se acercaba mí. Alcé la mano y la rocé. Me desperté sobresaltada. Estaba en mi cama ¿Me había quedado dormida? Había estado soñando con algo. Me estiré para desperezarme, parecía que había dormido durante mucho tiempo. Había una manzana roja en mi mesita de noche ¿Con qué había soñado? No me acordaba de nada. Me levante para prepararme el desayuno. Había un libro con la pasta morada encima de la mesa del comedor.

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Concurso de Relatos 2013 - Categoria B: Y se quedarán los pájaros cantando

Y SE QUEDARÁN LOS PÁJAROS CANTANDO

A Juan Ramón Jiménez, por sus versos; y a mi abuelo Manolo, por su vida.

Yo los veo.

Los escucho susurrar, suspirar, llorar. Noto el miedo en el ambiente como podría percibirlo un depredador. En esta casa todos somos almas errantes, perdidas en un paraíso roto, ausentes en un cielo con reflejos de luz de la tarde.

Yo los veo.

Me fijo en los surcos arados por lágrimas secas, en las negras ojeras que se dibujan sobre las mejillas, en las arrugas del ceño, en los corazones grises que laten acelerados bajo jirones de piel y hueso.

Yo los veo.

Noches sin dormir, días fuera de casa, sonrisas a los niños, palabras vacías, mentiras, mentiras, mentiras, cuentos de hadas sin un final feliz.

Yo los veo.

Pero ellos ya no me ven a mí.

¿Se ha perdido la princesa entre estrellas y constelaciones? ¿Adónde escapó aquella niña pequeña?

Nadie la encuentra, nadie la busca. ¿Quién resistirá la presión del agua en los oídos para recuperar su cadáver del fondo del océano?

Tomar impulso. Salir a flote. Volver atrás.

Pero ahora el tiempo se hace trenzas de espiga y las horas se desgranan, transformándose en segundos infinitos, derramándose despacio, amenazando con romperse en cualquier momento.

Y yo me iré…

Pasillos inmaculados, habitaciones asépticas, ropas sencillas, batas blancas, camas duras, máscaras, luces fluorescentes.

Tac, tac, tac. Pasos resonando en el segundo piso.

¿Otra vez aquí?

La puerta se abre y el dulzón olor de los medicamentos mezclados con la sangre me abruma. Nauseabundo.

¿Quién no estuvo alguna vez en un hospital?

Las sábanas revueltas dejando avistar parte de una rodilla atornillada, un pecho desgarrado, unas muñecas cortadas en vertical.

En todas y cada una de estas habitaciones desnudas habitan el miedo y el dolor. Entre sombras y alaridos, la esperanza es sólo una libélula de color verde que aguarda en un rincón la llegada de otra primavera.

En los hospitales, las ventanas son murallas insalvables que no permiten escuchar el cantar de los pájaros.

¿Ves a ese hombre de allí?

Sí, aquél que intenta levantarse y dejar la camilla, a pesar de sus heridas. Aquél que murmura palabras incoherentes, el que se queja pero no recuerda cómo llorar. Ese anciano que vuela buscando un orden lógico a sus pensamientos, y no tiene ni la más ligera idea de cuál es el nombre de su nieta, aunque siempre sonría cuando la ve.

Ese hombre es mi abuelo y se llama Manolo.

Podría decir que se llamaba Manolo, teniendo en cuenta que eso ahora ya no importa demasiado, pero no te escribo para hablarte de su nombre ni del estado de su cerebro.

Te escribo para hablarte de él.

Mi abuelo no es una de esas personas a las que la enfermedad transforma y oscurece. A veces, incluso pienso que no está enfermo, que sus fantasmas son reales y somos nosotros los que no lo comprendemos bien. Porque mi abuelo tiene luz y la luz lo hace hermoso.

Su cabeza lucha por conservar los pocos mechones plateados que aún resisten al implacable huracán de los años. No podrías evitar fijarte en sus ojos, esos ojos que jamás renuncian a la risa y que reflejan la inmensidad del océano, que permanecen anclados para siempre en el tiempo, que brillan y se iluminan y proyectan su azul de niño sobre aquéllos a quienes ama.

Mi abuelo es hijo del campo y las praderas, del sol y la luna, de los vientos y las estrellas en noches oscuras. Un chiquillo viendo pasar a otros hacia la escuela, deseando portar él mismo un libro y no una hoz. Una espalda joven tatuada con la hebilla del cinturón de su padre. Porque los descendientes de campesinos no pueden estudiar, leer, escribir, beberse párrafos, derramar versos. Carecen de emociones o sensibilidad, esclavos de la tierra, bastardos de la Madre Naturaleza.

Mi abuelo, no.

Mi abuelo, que amaba los libros de poesía, las canciones y la música.

Mi abuelo, maltratado por aspirar a algo más, luchando contra su destino de niño yuntero, doblando el espinazo entre las espigas, siempre buscando una metáfora nueva.

Mi abuelo, fuerte, íntegro, honesto, leal, querido.

Mi abuelo, que nunca abandonó, que nunca abandona. Tampoco ahora.

Hoy vengo a hablarte de este hombre al que amo, aunque yo no sea más que un recuerdo vago de su mente.

Vengo a contarte del muchacho rubio que rogó un paseo a la señorita de tez morena y cabellos negros como la noche, a Pepa, que ya no está, y a la que sigue amando por encima del tiempo y de las cenizas.

Vengo a recordarte que, cuando ella murió, la enfermedad se apoderó de él, corroyéndolo por dentro. El olvido absoluto, el perfecto analgésico para no sufrir.

Pero yo, su nieta, no quiero ni puedo olvidar. Yo soy su memoria.

Yo soy el junco que grita doblándose sobre el río, esperando que el viento, por fin, cese.

Yo soy la hierba cubierta de escarcha que reza a la primavera.

Yo soy las estrellas muertas que aún divisamos perdidas en el cielo, desorientadas en un mundo sin luces.

Yo soy la noche que se quiebra y estalla y desaparece con la aurora, la luna confundida en un firmamento azul.

Yo soy el alma viajera atrapada en un cuerpo sin vida, buscando una salida por donde huir y desvanecerse para siempre­.

Y tengo miedo.

Miedo a la vida, a la muerte, a la eternidad infinita que se extiende hasta donde no alcanza la vista.

Siento algo dentro de mi pecho, algo que se mueve, fluye y asienta, desordenando este taller inmaculado, enredando estos cables perfectamente alineados.

Gotas de sangre salpican los bordes de mis costillas, tiñéndolas de rojo. Un tambor que retumba incesante, un ritmo que se diluye en las venas, los cascos de un caballo enfurecido, las olas del mar bramando bajo la piel.

Tengo miedo, miedo, miedo.

Me estoy perdiendo de nuevo.

Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando.

A veces, pienso en lo que vendrá después, adónde iremos, si existe una idílica luz al final del túnel.

Pero la única certeza es que ahora estoy aquí, y mi abuelo me da la mano, apenas un levísimo contacto incandescente.

Es posible que su tiempo y el mío puedan medirse en años, meses, días o segundos; pero en este instante estamos juntos, encerrados en un para siempre de fronteras desconocidas, compartiendo nuestro pequeño infinito. Y cuando se marche, deseo recordarlo como ahora: las cejas alzadas, los ojos abiertos, brillando como dos luceros al alba celeste, los labios curvados hacia arriba, una media luna rosada que ilumina mi mundo.

Como el poeta, sé que, cuando él ya no esté, habrá otras mañanas como ésta, de cielo azul y plácido, en las que su espíritu yerrará en algún rincón de los corazones de aquellos que lo hemos amado.

Pero sin nostalgia, pues jamás estará solo.

Y seguirán los pájaros cantando…

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Concurso de Relatos 2013 - Categoria B: El Tonto y la linde

EL TONTO Y LA LINDE

“Cuando el tonto sigue una linde, la linde se acaba y el tonto sigue” O eso decía mi padre. Lo curioso es que hasta ahora, no me había dado cuenta de la verdad que aquello encerraba. Pero los que he vivido esta última semana no me deja lugar a dudas: hay gente muy tonta en el mundo. Y yo era su capitán.

Pero deja que te cuente la historia desde el principio, a ver si puedo acordarme de todo.

Todo comenzó el lunes 29 de abril. Típico lunes, gente con caras de pocos amigos se tambalean como muñecos de trapo con una mano floja guiándoles por las calles de Sevilla. Llego al instituto en el que curso segundo de bachillerato a las ocho de la mañana, justo antes de que toque el timbre de la primera hora. Ese timbre no lo olvidaré en mucho tiempo, pues marcó el comienzo de los cinco días más largos de mi vida.

A primera hora tenía Inglés, que pasé sin pena ni gloria con más aburrimiento que ganas de decir aquello de “My tailor is rich”. Las otras cinco horas las pasé con los ojos ardiendo y una marca en mi muñeca que revelaba cómo había pasado la noche anterior sin dormir terminando ese juego que me esperaba en el ordenador desde hacía meses (el final era penoso, pero me dio una gran satisfacción el terminarlo). Y al final de la última hora, empezó mi desgracia.

“Os recuerdo que el viernes me presentáis el trabajo de final de curso, y el que no lo presente, cerapio al canto”, avisó nuestro profesor de Lengua a las dos de la tarde de aquel fatídico día. ¿En qué consistía el trabajo? En hacer una representación teatral de una obra que escogiéramos entre un grupo de seis personas y que organizáramos nosotros. Si os preguntáis a qué viene ese trabajo en Lengua, os digo que me tendría que remontar a enero, y no tiene cabida en esta historia. Pero obviad ese detalle y sabed que algún día os daré la respuesta.

El grupo de seis personas lo teníamos montado (y me ahorro los nombres por aquello del anonimato, que luego me la liáis y acabamos en la página de sucesos del periódico local):

-Yo, que me encargaría de dirigir la obra y hacer de apuntador.

-Una amiga, a la que llamaremos Ami, que era la actriz principal

-Dos “mataos” que sobraban y nos los encasquetaron

-Mis dos mejores amigos, a los que llamaremos Joe y Doe, que a este ritmo harían el resto de papeles.

Si os queréis quejar de los nombres, lo hacéis, pero cuando acabe de contar la historia, que si no me pierdo y me olvido de cosas.

Y con este grupo de personas me tocaba organizar una cosa que se pareciera mínimamente a una representación teatral, o al menos, se lo pareciera a mi profesor de Lengua, que si no nos suspendía y nos tocaba saltarnos la selectividad de junio.

El martes 30 de abril me tocó empezar a organizar la representación. La historia era un guión que había escrito mi persona un día de aburrimiento invernal, al calor de una estufa y con un vaso de leche caliente entre las manos: “El tonto y la linde”

Siempre tuvo fama de cómico, nunca me supuso un problema el hacer reír a la gente. Así que me decidí a hacer una historia de humor sobre mis días de instituto, que pude resumí en una sola línea: “Si yo soy tonto, por lo menos soy un tonto feliz”.

Ese podría ser el título de mi autobiografía, así que ya sabéis, escribid mi vida y vendedla en formato minibook.

El primer paso estaba claro: reunir a los integrantes del grupo. Evidentemente, los dos señores de escaso futuro académico no aparecieron, pero los otros tres fueron fáciles de encontrar.

Cuando nos juntamos, encontramos el mayor (y más obvio) problema de todos: No teníamos tiempo para ensayar. Puesto así, decidimos terminar con una solución desesperada: que cada uno se estudiara su parte, quedábamos el jueves para realizar el único ensayo y el viernes, que pasara lo que tenía que pasar. El otro problema era que faltaban dos actores, así que eliminamos algunos diálogos para poder adecuar la obra (gracias al cielo que me dio por meter a dos personajes en la obra con un peso casi nulo)

El miércoles 1 de mayo era fiesta, así que los tres actores aprovecharon para aprenderse sus papeles y yo aprovechaba para planificar la escenificación. Otra vez, menos mal que el atrezzo se limitaba a una pistola de los chinos y una taza de café cualquiera, y el decorado a una típica sala de estar (que arreglamos de mala manera poniendo un fondo al escenario en el que estrenábamos en la sala de usos múltiples del instituto)

Así que a mí me tocó comprar el atrezzo a escasas cuarenta y ocho horas del estreno, teniendo que buscar la dichosa pistolita por todos los chinos de la ciudad, porque usar una con colores morados y decoración típica del cuaderno de una niña de ocho años no me parecía de recibo. La taza fue bastante más fácil, porque cogí una que rondaba por mi casa y asunto solucionado.

Finalmente, llegó el jueves, dos de mayo. A las cuatro de la tarde, nos encontramos en el parque más cercano al instituto y empezamos a representar lo que llamábamos “una historia cotidiana de una chica y sus amigos que pasan sus días en el instituto”, que se traduce por: “cogemos un día de clase normal, lo guionizamos, añadimos tres chistes y lo vendemos con la sinopsis que he dado antes y lo colamos como se pueda”

Por lo menos no nos podían decir que no le poníamos ganas, porque estuvimos seis horas ensayando hasta que quedó una cosa mínimamente decente. Los mayores problemas fueron los siguientes:

-No sabíamos actuar y no íbamos a aprender en unas horas

-El problema de aprenderse un papel en un día es que no te lo aprendes del todo (cosa que arreglamos con la improvisación)

-La historia era pésima. ¿En qué mundo un adolescente de instituto se ve envuelto en un extraño malentendido satírico con la policía?

-¿Os he dicho ya que no sabíamos actuar?

Finalmente, a las diez de la noche, decidimos dar por finalizado el ensayo y fuimos a cenar para celebrar que el próximo día íbamos a suspender todos juntitos como buenos amigos. Ami nos invitó al restaurante de sus padres para pasar un rato agradable y olvidarnos de todo lo que habíamos trabajado y de que estábamos insultando a todos los que se podían llamar “actores de teatro”

Esa noche ninguno pudo dormir, así que nos la pasamos hablando por internet de lo malos que éramos todos para el teatro. Todos menos Joe, que lo vivía como el que más y al que yo le habría dado un maldito premio por hacerme reír con una historia que yo había escrito.

Finalmente llegó el temido viernes tres de mayo. Estábamos entre bastidores (por no decir que estábamos directamente detrás del telón). Doe y Ami parecían aterrados. Miedo escénico lo llamaban. Así que me toco hacer de director y darles el empujón necesario:

“Vamos a ver, ¿de qué tenéis miedo? ¿De hacer el ridículo? Pues no lo tengáis que os aseguro que no va a ser nada nuevo. Al fin y al cabo, vosotros fuisteis los dos que dijeron que nuestra galaxia era Andrómeda. ¿Y eso os hizo dejar las clases? No, fue una anécdota graciosa y me ha servido como chiste para esta obra. Si no fuera por vosotros, ya nos habríamos rendido, ¿no? Así que ya sabéis: ¡Adelante! ¡Coged el cuerno por los toros! (sí, lo dije así, no es broma) ¡Allons-y! ¡P’alante, como los de Alicante!”

Y sin más, dejaron de temblar y salieron a escena. Bajó el telón, y comencé a escuchar esas palabras que escribí apenas hace medio año.

“Dicen que cuando un tonto sigue una linde, la linde se acaba y el tonto sigue, ¿no os parece una gran verdad?”

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Concurso de Relatos 2013 - Categoria B: Peaje hacia el Edén

PEAJE HACIA EL EDEN

Nada en esta vida es fácil. Ni siquiera rendirse ante la evidencia resulta tan sencillo como algunos creen. Todo lo contrario, es la tarea más dura jamás asignada, sobre todo cuando te enfrentas a la verdad, aquella que nunca podrías haber imaginado y que, de una forma u otra, una vez la aceptas cambia tu vida. Por eso no quieres darle crédito, porque nos encontramos muy a gusto en nuestra rutina, en esas vidas cotidianas de las que siempre nos estamos quejando, que nos parecen inferiores a las de los demás. No somos conscientes de lo efímero de nuestra existencia, y no la valoramos hasta que la perdemos, ya sea en los últimos instantes de vida o cuando ésta se transforma por completo. El ser humano sería capaz de todo por dar vuelta atrás. Pero a veces, nuestro cerebro nos traiciona y, ante la sola idea de empeorar nuestro estilo de vida, hacemos locuras de las que nos arrepentimos demasiado tarde. Lamentablemente, esta reflexión llegó demasiado tarde para Ricardo, pues, casi como cualquier otra persona normal, no se había parado en discernir sobre el asunto. Y esto tiene sus consecuencias.

Todo comenzó un día de abril, tan normal como cualquier otro. Las temperaturas iban en ascenso, correspondiéndose con la llegada de la primavera, y la lluvia había dado una pequeña tregua durante pocas semanas. Su declaración de paz había terminado esa mañana, proclamando la guerra a todos los habitantes de la zona, que se defendían de sus ataques como podían con sus escudos, los paraguas. Estos pensamientos tan imaginativos asaltaban la mente de Ricardo mientras volvía a su hogar después de un duro día de trabajo. O al menos, era lo que quería aparentar. No había hecho nada a lo largo de la jornada, dado que su jefe se había ausentado, al igual que muchos de sus compañeros, que habían cogido unas pequeñas vacaciones de escasos días para poder disfrutar del sol que tanto echaban de menos en la oficina. Paró el coche y permaneció dentro de él, sin entrar en su casa.

Mañana debía comenzar. Lo había estado esperando. Tenía toda una semana por delante, y a su trabajo sólo iban a acudir dos compañeros a quienes conocía bien. Uno que normalmente se escabullía de su labor a la mínima oportunidad que tenía, y el otro era su amigo Gabriel, que se pasaba durmiendo la mayor parte del tiempo. En definitiva, en ese despacho habían quedado los trabajadores más despreciados por parte de la empresa, y en los tiempos que corren ser un miembro de este selecto grupo no constituye ninguna ventaja clara.

Los rumores habían ido creciendo. La empresa necesitaba solvencia, y para ello habría una denominada reforma de plantilla. Estas palabras sembraban el caos en sus oídos. No iba a permitir que lo echaran, menos aún si no le daban una compensación a cambio. O tal vez no le importara…

Llevaba planeando el golpe tres arduos meses. Lo tenía todo bajo control: cuándo sería el mejor momento para acometer su idea, quién era el personal más problemático, dónde guardaban las claves de acceso y se situaban las cámaras de seguridad… en definitiva, el golpe perfecto. Su intención era dejar a su compañía sin un euro. El director de la misma no se fiaba mucho de los bancos, y los beneficios que ganaba en las transacciones que realizaba los depositaba en la caja fuerte de la sede de sus oficinas que, casualmente, era aquella.
Su vida había transcurrido sin ningún apuro, podría decirse que incluso hasta la había disfrutado, pero sabía que la felicidad había llegado a su fin. Los remordimientos le acompañarían para siempre, pero era mejor vivir así que acabar muriendo en la calle pocos años después, tras fracasar en su trabajo y hundir su matrimonio. No, estaba seguro, no tenía dudas. Mañana era el día.

 ¡Toc, toc! Eran unos golpes en el cristal. Era su mujer.

- ¿A qué esperas para entrar en casa? Venga vamos, que estarás más cómodo. Además ya está lista la comida, aprovecha antes de que se enfríe.

- Vale, vale. No te enfades que acabo de volver de trabajar y estoy muy cansado. ¡Pero no pongas esa cara, mujer! Alégrate, que hoy me voy a quedar aquí toda la tarde. Y no digas que ha sido por la lluvia.

No sospechaba nada. Había decidido no contarle nada, para que no se viera involucrada en el caso de que algo saliese mal. Como le había prometido, aquella tarde estuvo allí incluso para cenar. Sin embargo, se acostó temprano. Tenía que descansar.

Llegó tarde al trabajo, pero esta vez lo hizo a propósito. No quería levantar sospechas, y si hubiese llegado temprano, no habría pasado desapercibido. Constantemente era el último en comparecer por aquel lugar. Saludó efusivamente a los guardias que tan bien conocía y, tras esperar el tiempo de rigor, necesario para que sus dos compañeros quedasen fuera de escena, empezó su plan.

Cuando terminó, no paró de asombrarse por la perfección de su obra. Todo había seguido el curso marcado por su guión. Lo primero fue desconectar las cámaras de seguridad para que no quedasen pruebas de lo que iba a hacer. No estaba preocupado por los guardas. Estarían desayunando tranquilamente fuera de su puesto, como era su costumbre, y no se percatarían de que tres cámaras dejaron de funcionar durante 20 minutos. Cuando pasó por las pertinentes puertas de seguridad tras introducir en ellas los accesos, con el cuidado de no dejar huellas, abrió sin problemas la caja fuerte y, en cuatro trayectos, sacó todo el dinero que contenía, que constituía el 90% del capital de la empresa. Cuando se introdujo silenciosamente en su despacho con todo el dinero, tenía el corazón en un puño. Ahora debía hacer lo más difícil: salir con el dinero por la entrada principal sin causar ninguna sospecha. Pero ya había pensado en eso. La solución pasaba por adelantarse a los rumores y hacer realidad la evidencia. Metió todo el dinero repartido entre dos cajas, en las que también introdujo muchos objetos personales que tenía en la oficina, y abrió la puerta.

Debía simular que lo habían despedido. Los rumores estaban en boca de todos, y los guardias eran las personas que más los conocían, ya que tenían contacto con algunos directivos. Si le preguntaban, simplemente tendría que hacerles creer que ya habían empezado con los despidos, y sin ninguna duda lo dejarían salir, es más, le facilitarían el paso mientras caían los lamentos y los: “¡Seguro que encuentras algo!” Pero algo salió mal, pues no podía considerar un éxito el acabar dentro del coche patrulla de la policía.

Al parecer, todos los rumores no habían sido más que eso, rumores, y los guardias al verle, por mucho que lo conocieran, se extrañaron ante tal comportamiento, y registraron las cajas, de forma que lo pillaron. Intentó escapar, pero fue inútil. Había echado su vida a perder por culpa de un rumor infantil. Y todo por nada. Decidió arriesgarse para mantener su paraíso, pero el peaje hacia el Edén fue más caro de lo que jamás habría podido imaginar.

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