Este periódico escolar nace como una aventura en la que un grupo de alumnos y de profesores quieren explorar las posibilidades de las herramientas de comunicación que existen en Internet. Está abierto a la colaboración de alumnos y profesores de nuestro Instituto.
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martes, 31 de mayo de 2011

poema de Andalucía

POEMA DE ANDALUCIA.

Con el pico de Sierra Nevada
y con la fuente del Guadalquivir,
forman una lágrima y una nariz,
con la Alhambra y la Mezquita,
Andalucía la más bonita.

La capital de Andalucía,
con la Giralda,
la más agraciada de Sevilla,
con su relieve y sus monumentos,
hacen la más bonita Andalucía. Sierra Morena ondulada,
Sierra Nevada alta y fría,
las más bonitas sierras
forman dos sin par cordilleras,
el golfo de Cádiz
y la bahía de Almería,
dibujan la costa de Andalucía,
a la que el Mediterraneo y Atlántico
bañan noche y día.

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miércoles, 25 de mayo de 2011

Cantos de ultratumba

Cantos de ultratumba
Las palabras, brotaban de su boca, llenando el inmenso vacío de la lúgubre aula en que alguien ensayaba. Una y otra vez, repetía con tono armonioso y angelical, aquella cancioncilla.
Mis oídos jamás habían tenido el placer de escuchar algo tan hermoso. Aunque no podía ver a quien pertenecía aquella melodiosa voz, estaba seguro de que debía de pertenecer a una joven probablemente tan bella con su voz. Mi mente trato de imaginar el rostro de la joven pero no fue capaz de hacerlo; pensé que debía de ser hermosa… De repente me inundo una necesidad, quería verla, tenía que verla, necesitaba verla. Cada segundo que pasaba me sentía más nervioso y ansioso no paraba de preguntarme como sería: rubia, castaña o quizás morena. ¿Y sus ojos? ¿De qué color serian? Una a una, las dudas me inundaban, pero por muchas dudas que tuviera si no hacía algo probablemente se me escaparía para siempre así que reuní todo el valor que tenía y me puse en marcha hacia su encuentro siguiendo la voz, pero había tardado tanto en hacerlo que la canción ya estaba llegando a su fin y su voz fue decayendo poco a poco cada vez más, hasta desaparecer. Así lo único que conseguí fue perderme entre los pasillos de aquel enorme y deprimente instituto. Solo veía aulas y aulas pero no sabía cuál era la que estaba buscando. El pasillo estaba desierto hasta que el timbre que avisaba el comienzo de las clases sonó, y pase de estar perdido entre aulas a estar perdido entre la muchedumbre de alumnos que trataba de entrar en sus clases a base de golpes y empujones. De repente me vi tirado en el suelo aquello había sido una autentica estampida, jamás había presenciado semejante cosa pero de inmediato todo se puso en silencio. Los profesores comenzaron a entrar en sus clases, mientras yo seguía tirado en el frio suelo. Me levante de un salto y corrí hacia el ultimo profesor que quedaba por entrar pidiéndole un poco de ayuda y orientación. Él se giro hacia mí y con su dedo huesudo y afilado señalo el despacho de dirección y me dijo que preguntara allí.
Fui hacia el despacho un poco ofuscado y aturdido. Llame a la puerta con decisión y enseguida me abrieron invitándome a tomar asiento mientras esperaba que el director resolviera un asunto de vandalismo. Yo esperaba en un viejo y roñoso banco junto a la secretaria del director cuando de repente se abrió la puerta y entro una chica de estatura media pelo moreno ojos castaños ocultados bajo unas estruendosas gafas de culo de botella lo cierto es que era preciosa pero su aspecto la hacía pasar desapercibida o percibida de un modo un tanto peculiar en otras palabras tenía aspecto de lo que coloquialmente se conoce como una empollona. Yo como un chico de 16 años por supuesto opinaba de esa manera. La vi entrar, ella se dirigió a hablar con la secretaria y de repente la puerta del despacho interior del director se abrió y me llamo dentro. Una vez dentro con mucha paciencia y utilizando un pequeño plano, el director se dispuso a explicarme y a subrayarme en el plano donde se encontraba cada aula. Una vez que terminó de explicármelo todo salí del despacho. Entonces me di cuenta de que la chica también había desaparecido y sin darle más importancia me dirigí a mi aula cuando de repente la canción que había estado escuchando hace un rato volvió a sonar y sin perder tiempo me dirigí hacia la hermosa voz. Cuando llegue al lugar de donde procedía, me di cuenta de que era el aula de música y pensé que era tonto por no haber empezado a buscar por allí desde un principio. Una vez frente a la puerta, el miedo invadió mi cuerpo, pero le eche coraje y valor y aunque temblando como un flan abrí la puerta. Cuál fue mi sorpresa cuando al abrir me encontré con la muchacha, que media hora antes, había estado en el mismo despacho del director que yo. Me acerque a ella. Ella me miro y me sonrió. Le pregunte su nombre, pero ella no contesto y siguió cantando me acerque un poco mas por si no me había oído y me di cuenta de que bajo su apariencia de empollona era la chica más guapa que había visto en mi vida. Una vez acabada la canción volví a intentar que me dijera su nombre pero fue en vano porque desapareció como si fuera humo, pero de repente una tiza floto y escribió en la pizarra: Helena, ese es mi nombre.

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jueves, 19 de mayo de 2011

Seá una ilusión el día que me invites a soñar

Será una ilusión el día que me invites a soñar.


Todo esto es culpa de ese 1865...Del maldito Isaac.

Bien. Él y su estúpida ley, su gran descubrimiento, el momento clave de la

humanidad...Y bien, ¿no se le ocurrió quizá un antídoto? Algo así como una

especie de aspiradora que acabara con la gravedad.  Y ahí estás tú, como el

epicentro. Insensible, caradura, pero tan temerosamente hermoso... A la vez

eres el huracán en toda su extensión, el diámetro completo... Arrasas con todo,

con mis manos, con mi boca, con mis pensamientos, mi ilusión...pero en

especial vas a por mi corazón. Lo elevas y lo lanzas con fuerza al suelo,

dejándolo roto. Pero luego cuán ángel compasivo, lo tomas, lo pegas y lo

besas...Acabando con el dolor.  Bestia desenfrenada, cuyas alas son de

terciopelo. Fuego con boca de agua. Sequía cargada de rocío. Invierno lleno

de flores...Y a la vez eres flor. Lo peor de todo, es que mi mirada pierde efecto bajo tus efectos, y si vuelves a

mirarme de esa forma, como si tuviese la culpa de sentir este torbellino en mi

interior, me convenceré a mí misma de que a veces me rehúyes para no darte

cuenta de qué sientes por mí. Si vuelves a sonreírme de esa forma, sin

pensarlo tendré que besarte, tendré que abrazarte.

A veces suelo meditar, y pensar en ello, ¿no sería más sencillo como dice Edith

Piaf en La Vie en Rose? Tomarle entre tus brazos, hablarle al oído, decirle

palabras de amor, palabras normales y corrientes... y decirle que en cuanto le

ves sientes latir tu corazón. Cómo me gustaría, como lucharía por poder

escuchar de tus labios de fresa una sola palabra, y que sin miedo a nada, sin

vacilar, me susurrases que todo irá bien, que eres tú y nadie más, que me

cuidarás de cualquier dolor, que solo tú cambiarías tu frialdad por

demostrarme día a día cuánto necesitas de mi calor.

Sin embargo, uno ama a los opuestos, esa persona que es capaz de romper

con todas nuestras estructuras, el terremoto perfecto que tambalea nuestros

sentidos y nos desestabiliza, y a pesar de esto, matamos todo lo que amamos.

Sí, sí, que lo sepan todos. Algunos lo hacen con la palabra, otros con la

mirada. El cobarde lo hace con un beso, el valiente con la espada.

Sería fácil si no siguiera esperando que volvieras, que aparezcas de una u otra

manera, más fácil si hubieras desaparecido de una vez por todas. ¿Sabes qué

más? Que no habría complicaciones si nunca hubieses conseguido

ilusionarme. No las habría si no siguieses haciéndolo, aunque en realidad no

digas nada, aunque no hagas nada, aunque ni siquiera seas consciente,

aunque lo hagas sin querer, casi sin darte ni cuenta. Pero lo hiciste. Lo haces.

Lo harás. Y, aunque sea más complicado, escoge quedarte conmigo. Verás,

yo no quiero facilidades, las cosas que cuestan son las que realmente merecen

la pena. No quiero que te vayas y desaparezca todo, todo el amor, todos los

planes, todas las ilusiones. Que te marches y, en realidad, parte de mí se

marche contigo. Que te esfumes y se esfumen las primaveras, las noches en

vela. No quiero que sea más sencillo, solo quiero que sea mejor.

Maldito Newton, maldita hipocresía. Adoro a los valientes, los poetas

empedernidos que arriesgan por sus ideales pero... ¿dónde están los míos?

¿Y mi valentía? Si realmente existiera iría corriendo a tu puerta, a tus ojos, y

sin pensarlo te gritaría que eres la luz que alumbra todas las cosas. Que quiero

besarte. No. Incluso te besaría. Te abrazaría, o tal vez no. Lo haría sin planes,

rápido, sin actuar. Y las consecuencias serían secundario en todo su rango.

Solo te pido un instante, un solo segundo para que puedas comprender y

entender, esta tortura de no poder mirarte, esta locura que desestabiliza la

armonía. Solo un instante para proyectarte momentos, grandes momentos

junto a mí, junto a ti. Juntos.

Pero en este tiempo he aprendido algo: todo en esta vida depende de las viejas

normas no escritas acerca de los sentimientos. Nadie es tan inmune como para

ser impermeable, ni tan inteligente como para diferenciar lo bueno de lo malo.

Además, siempre amamos a quien no debemos, y nos aman aquellos a los

que no hacemos caso. Nadie es tan fuerte como para resistirse al amor cuando

llega.

Pero, ¿todavía sigues aquí? Vale, está bien, te propongo algo. Vamos a jugar

a que cada vez que te digo que te largues no rezo para que te quedes. Vamos

a hacer como que cada vez que pones cara de odiarme no te mueres de

ganas de besarme. Vamos a fingir que un ‘’eres odioso’’ no significa un ‘’odio

necesitarte así’’. Vamos a convencernos a nosotros mismos de que un

‘’¡cállate!’’, no quiere decir un ‘’no puedo vivir sin ti’’. Vamos a mentalizarnos de

que algo entre los dos es tan imposible como electrizante a la vez. Vamos a

apuntar en nuestra agenda el dejar de mirarnos de reojo cuando creemos que

nadie nos ve. Vamos a hacer pensar a la gente que no podemos soportarnos,

que por mi parte nunca habría nada entre los dos. Vamos a hacer ciertas las

leyes universales. Vamos a reunir el valor necesario para decirnos sin que nos

tiemble la voz: no te quiero. Vamos a seguir con el plan establecido; vamos a

matarnos con la mirada cuando sea necesario y comernos con los ojos el resto

del tiempo.

Otra vez lo estoy haciendo. Hipócrita escribo sobre lo que haría que nunca

haré. Hipócrita pienso hacerlo por unos momentos, pero ... ¿Dónde te

escondes valentía? Supongo que junto a tus besos, porque tampoco los

encuentro. Ahora voy a dormirme, para soñar que te tengo. Porque

últimamente mi vida se resume en eso: gravitación, hipocresía, sueños y,

sobre todo...Tú.

Por último una ley divina. Nada en el mundo es uno, por una leu común, todas

las cosas se encuentran y se funden en un mismo espíritu.

Ahora mi pregunta. ¿Por qué no yo con el tuyo?


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martes, 17 de mayo de 2011

Mirando tu cuadro

Mirando tu cuadro.

En tu lienzo, dolor y miedo,
parte negativa de la vida humana;
tus pinceles forman con sosiego,
trazos de esperanza, ¡que no pase mañana!

Un toro de guerra y victorioso,
con fuego de volcán en rabo amenazante
entrometido y de repente malicioso,
en la quietud de la noche agonizante.

En la blanca cabeza, negra vena,
que en dos furias se encuentra rematada,
donde suena un rumor de sangre airada,
sobre un oscuro llanto, que no suena.

Caballo de herraje enrevesado
como si, de mala suerte se dijera,
encima del que muere a flor y espada
expiras, lengua en punta y lanza de madera.

Dolor de madre, con hijo fallecido.
Mujer de quinqué para escena iluminada.
Pájaro en actitud de un grito dolorido
y madre preguntando “que pasaba”.

Y al margen con brazos levantados,
el horror fundido está en su cara,
es, el fuego arrasador, por todos lados,
y un escape existe en la ventana.

Estallidos, gritos…hoy silencioso;
Preñado de la paz, hoy al mirarte,
representa para mí un hecho hermoso,
que frenaras la violencia con tu arte. Borra este texto y escribe aquí el resto del artículo

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Gracias a la vida

GRACIAS A LA VIDA




Nací el 7 de Febrero de 1938 en una gran casa en Potsdam, a veinte kilómetros de Berlín. Mis padres eran Kent Tate y Clarie Soulan, aunque mi madre adoptó el apellido ‘Tate’ al casarse con mi padre.

Los Tate éramos una familia acomodada que vivíamos en una lujosa casa a orillas del río Havel. Mi padre trabajaba en un almacén donde se vendían pequeños barcos. Un día, mi padre fue a Dieppe por asuntos de negocios y allí conoció a mi madre.

Luego, se compraron la casa y contrataron al mayordomo Bent y a la sirvienta Sophie. En esa casa crecimos mis cuatro hermanos varones y yo, Katie. Siempre pensaba: ‘por qué tuve que ser niña’ ya que apenas tenía compañía; aunque otras veces opinaba: ‘esto de ser la única chica de la familia es un chollo, te dan todo lo que pides’.

Crecí en Potsdam feliz, pero no tan feliz como vosotros. Yo no pude ir a la escuela para aprender, aunque mis hermanos sí fueron. Tampoco podíamos irnos de vacaciones porque éramos presas del pánico: Potsdam estaba rodeada por los rusos y no debíamos salir del pequeño pueblo que era por aquellos tiempos. Desde 1949 hasta 1989 se proclamó en Alemania ‘la Guerra Fría’. La parte oriental de Alemania y la de Berlín fue invadida por la Unión Soviética. El Berlín occidental fue tomado por Estados Unidos, Francia y Reino Unido. Así que os podéis figurar cómo estábamos los alemanes del Este.

Recuerdo perfectamente que una noche, mi padre nos dio una charla a mis hermanos y a mí sobre la situación en la que nos encontrábamos: nos dijo que no debíamos saltar ni el muro de Potsdam ni el de Berlín- al que llamábamos ‘muro de la vergüenza’- porque nos fusilarían los soviéticos.

Aunque viví todo eso, se podría decir que tuve una infancia normal.

Con los dieciocho años, conocí a Marcus. Resultó un poco extraño verlo por allí, porque en Potsdam nos conocíamos todos. Él era de Berlín occidental. Pasamos un año viéndonos por las tardes, pero en una de ellas me confesó su amor y dijo que deberíamos estar juntos. Al día siguiente volvimos a vernos. Él tenía un aspecto horrible, ‘se avecinan malas noticias’ pensé. Exactamente. Me dijo: ‘Katie sabes que te quiero mucho y que ayer dije que deberíamos estar juntos y formar una familia, pero... vuelvo a Berlín.

Eso fue todo. Se fue corriendo y no supe más de él. Me pasé todo el verano llorando, desde el día que lo vi por última vez (27 de Junio de 1957) hasta el 3 de Septiembre. Siempre recordaré esa fecha.

El 3 de Septiembre de 1957 murió mi hermano Tom. Lo fusilaron los rusos mientras paseaba con su novia por las orillas del lago Templin. Ese día cambió mi vida. Mi hermano Tom era el mayor de los Tate. Él y yo éramos uña y carne. Tom fue mi segundo padre, al que le contaba todos mis secretos. Era el que me apoyaba en todo, el que me animaba cuando estaba triste. Fue su presencia la que me hizo no dejar de vivir después de la despedida de Marcus. Ahora yo ya no era nada, no tenía motivos de mi existencia.

Quería suicidarme, pero no sabía cómo. Mi vida sin Tom ni Marcus no tenía sentido; me iba a matar, pero no podía dejar muestras de suicidio. Me vino a la cabeza las palabras de mi padre sobre el muro de Berlín. Exacto. Los rusos me fusilarían seguro.

Esa misma noche, me escapé de casa. No llevaba nada, solo el pijama, las zapatillas y una caja de cerillas para poder ver.

Llegué a Berlín a las nueve de la mañana con un hambre feroz y muy cansada. ‘No me importa, voy a morir’ me dije. Los ciudadanos me miraban con caras raras. Entonces lo comprendí todo: estaba en Berlín en pijama y zapatillas y con una caja de cerillas. ‘No me importa’ me repetí.

Paseaba tranquilamente por aquella inmensa ciudad en la que nunca había estado, aquello era Berlín. Solo veía casas y calles, y un coche de soviéticos en cada manzana. Pasé junto a un banco y el vagabundo que estaba sentado allí me pidió una cerilla. Le di la caja entera puesto que ya no iba a utilizarlas. Antes de irme, recordé la razón por la que estaba en la ciudad y le pregunté al vagabundo: ‘Perdone, ¿dónde se encuentra el muro de la vergüen...- no, no podía decir eso porque yo no sabía de que partido era aquel hombre- perdón, el muro de Berlín?’. El hombre me indicó por donde debía ir, y le di las gracias.

Fui corriendo hasta mi muerte. ‘Vaya’ exclamé al verlo. No era ni mucho menos tan alto como me lo esperaba pero sí tan largo. Miré a mi alrededor y vi que la puerta más cercana en la que se encontraba un coche de militares estaba aproximadamente a quinientos metros.

Sin dudarlo, me quité las zapatillas que me impedían escalar y comencé a subir por el muro de apenas tres metros.

Escuché voces a lo lejos que se aproximaban y varios tiros, pero no sentí ninguno que se penetrara en mi cuerpo. Seguí adelante, subí un poco más y le dí la vuelta al muro pensando que al bajar iría más despacio y me alcanzarían. Quedaba un metro para pisar el suelo y salté...

No sé cómo caí, pero creo que quedé inconsciente durante algún tiempo.

Desperté tumbada en la acera y dije: ‘Oh, ya estoy en el cielo. Qué buena muerte, no he sentido ni la bala impactar contra mi piel’. Me disponía a levantarme cuando escuché voces de personas y el claxon de un coche. ‘¡No puede ser!’, estoy viva’ grité.

Cuando conseguí levantarme- tardé un poco porque tenía un esguince en el tobillo derecho-, vi que estaba rodeada de hombres jóvenes uniformados iguales y bastante rubios: los rusos. No sabía por qué no me habían matado. Pero creí que se avecinaba lo peor.

Un día, me contó mi madre que la Unión Soviética tenía una especie de cárcel donde encerraban a niños, mujeres y ancianos, llamada bunker. Los bunkers eran habitaciones muy espaciosas, con cuatro muros bastante altos. Allí encerraban a las personas para que muriesen.

Me equivoqué. Me llevaron en un coche militar a un palacio. Allí me presentaron a un gobernador ruso muy importante. Este, llamado Ishenko, sabía alemán y me explicó que estaba buscando esposa. En ese momento lo comprendí todo: no me habían matado porque él no quería.

Quería escapar, escapar de allí. Entonces, tímidamente le dije que no quería casarme con él, e Ishenko me habló enfadado: ‘Si no te casas conmigo morirás. Dame las gracias porque no estás muerta ya’.

Allí pasé cinco años que os podéis imaginar, como una reina: reuniones, cenas, criados... Pero infeliz. Cada día que pasaba, pensaba más en mi familia y Marcus. Sin embargo, sabía que estaba condenada a vivir allí hasta mi muerte.

A los veintidós años me quedé embarazada. Tuve dos gemelas llamadas Ishenka y Anastasia. Desgraciadamente, murieron a los tres años por enfermedad. E Ishenko me culpó de haberlas envenenado; pero no me mató. Me echó del palacio.

Así que con veinticinco años, empecé a vivir mi vida en Berlín occidental. Alquilé un piso y trabajé en un restaurante como cocinera.

Una noche de 1965, fue al restaurante un señor. La camarera entró en la cocina y comentó que un hombre quería verme. ‘Madre mía, va a ser Ishenko’ pensé. Pero volví a equivocarme. Me abalancé sobre él sin pensármelo. Era Marcus, solo que un poco más mayor y con bigote. Habíamos pasado sin vernos ocho años.

A la mañana siguiente, dejé el trabajo y el piso. Nos fuimos a vivir a una casa preciosa, esta casa. Nos casamos y tuvimos una hija.

Vivimos una etapa muy feliz, como una verdadera familia, aunque yo no supe más de la mía desde que escapé de casa.

El 19 de Septiembre de 1991, estaba sentada tranquilamente en este sillón cosiendo una bufanda para Charlotte. Sonó el teléfono, lo cogí y desde entonces, no he vuelto a sonreír.

Al coger el teléfono, respondió Charlotte: Marcus había muerto. Le dio un infarto en el trabajo.

No llegué a colgar el teléfono, me derrumbé sobre el suelo.

En el entierro, el mejor amigo de Marcus me dio una carta. En ésta, estaba escrito: ‘Amada mía, esto te lo escribí hace tiempo, o... no sé, porque mi corazón dejó de latir. No te preocupes por mí, hazlo por ti. Vive tu propia vida, ya que seguramente nos volveremos a encontrar y estaremos juntos para siempre. Espero que puedas ver la caída del muro -esto quiere decir que hacía tiempo que lo había escrito, porque el muro cayó dos años antes- y la evolución de Berlín. Quiero que sepas que me ha encantado vivir contigo hasta hoy y que no te olvidaré nunca. Confío esta carta a mi mejor amigo para que llegue a tus manos. P.D. No llores por mí, disfruta la vida al máximo’.

Desde ese día, escucho todas las mañanas nuestra canción favorita: ‘Gracias a la vida’.

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Rosa eterna

Rosa eterna
Noche fría, pero el calor de cada uno de los ojos impacientados alumbraba y templaba el inmenso lugar. Adolescentes, adultos e incluso algunos ancianos estaban a punto de cumplir su sueño. Detrás de la plataforma, cuatro hombres: Mike, Joe, Freddy y George (más conocido como “Rag Dog”) impacientados también, se tragaban los nervios y, algunos, también su miedo al fracaso y se disponían a realizar su trabajo. Ya era la hora, iban a demostrar de nuevo, que los treinta años de su carrera no habían sido en vano. Seguían dándoles a los demás la libertad y la pasión por la rebeldía. Iban a trabajar duro aquella noche, ya que, tenían como trabajo su pasatiempo favorito, aunque cada uno tuviera sus problemas.
Pero algo les unía a los cuatro, algo que une y separa, que llena de euforia, enfada y da ganas de amar a la vez. Algo en lo que puedes poner toda tu confianza. Sube la adrenalina, la cual es directamente proporcional con el volumen de la música: el Rock n’ Roll.
El momento había llegado, le habían dado la señal. Con su uniforme de cuero negro, se dispusieron a hacer lo que siempre hacían. Cogieron los instrumentos y salieron al escenario. El bullicio impaciente se convirtió en gritos de histeria.
Entonces ocurrió. Rag Dog, rasgando su guitarra y su voz, siguió el ritmo de las baquetas de Freddy que retumbaban en la batería. Se unió también el bajo de Mike, cuyos dedos se movían tan rápido que tan sólo se diferenciaban sus uñas gastadas en el mástil. Los coros de Joe y su guitarra secundaria abrían el estribillo, donde todo el público se dislocó completamente. Por un momento, ese grupo, “Rosa eterna” se olvidó de su molestar, de sus penas, su dolor. No por ser famosos, ni por tener muchos fans, ni por el dinero que estaban ganado. Todo giraba alrededor de una cosa: la música. Habían triunfado, sí, esos chicos que un día se hicieron mayores. Que siempre habían soñado llegar hasta donde están. Todo era tan genial…
La música había dejado de sonar, y el sudor de los músicos se les transformó en lágrimas, aunque nadie lo notó. Así siguieron una y otra vez las canciones sonando, hasta que llegó el final.
Una vez en los camerinos, los problemas llegaron (el alcohol, la familia, las enfermedades, la soledad…)
Por un momento, se miraron todos en el espejo. 52 años, mayoritariamente. “Mirad” dijo George, “¿qué somos?”. “No somos nada”, respondió Mike. “Nada…” añadió Joe. “Eso es mentira”, repicó Freddy.”No puedo creer cómo os afecta esta sociedad. Sí que somos algo. Somos ese algo con los que muchas personas sueñan… ¡Son tantas! ¡Somos Rock n’ Roll! Eso nos convierte en nada para muchos pero en todo para otros. Hay miles de personas que sueñan con tan sólo ser vistos por nosotros. Somos libertad, rebeldía, pasión… Sí, es verdad, tenemos problemas, ¡pero todo el mundo los tiene! Y nosotros tenemos algo que ellos no… y lo sabéis”.
Una sonrisa se les escapó a todos y después legó una armoniosa carcajada.
Porque era verdad, todo lo que había dicho aquel viejo borracho era verdad. Porque por muy mal que te vaya la vida, por muchos problemas que tengas, siempre habrá algo, talvez un minucioso detalle, o algo enormemente grande. Tal vez sean estupideces para los demás, pero a ti siempre te llena de vida. Podría ser escuchar aquella melodía que te recuerde aquel momento tan especial, el chocolate, escuchar carcajadas de tus amigos, que te despierten los pájaros los domingos por la mañana, ver a una pareja de ancianos pasear cogidos de la mano…
Todas esas pasiones, todos los sueños acumulados durante los años, nunca van a perderse porque tengas un mal día. Lo que mantiene vivos a este grupo es el Rock n’ Roll. Con el tiempo, Freddy dejó el alcohol, Joe superó su cáncer, Mike crió a su hijo y le dedicó todo el tiempo del mundo. George conoció a su amor verdadero, aunque él no se dio cuenta hasta el cabo de un tiempo.
Dejaron el grupo; sin saberlo aquel había sido su último concierto, pero su vida seguía girando en torno a la música. De vez en cuando se unían y componían música, tocaban viejas canciones…
Esta historia acaba con un final feliz, porque, de vez en cuando, la vida te dice “sí” y te da oportunidades para lograr tus sueños.

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Todo perdido

Todo perdido
Ella tiene un par de ojos
Del más azul de los cielos.
Llenos de mar y de lluvia,
Plenos de tristeza y miedo.

En su cara, una sonrisa;
Rota, fingida, callada.
En su corazón un sueño;
Hundido, sin esperanza.

Una ola se llevó el gozo
De unos cabellos dorados,
De una niña tierna y dulce
Dejando un amor quebrado.
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Sueños

Sueños

Mario y yo decidimos salir a pasear de noche. Las estrellas eran lo único que iluminaba el estrecho sendero. Me miró, le miré. Apartó la mirada, entonces yo también la aparté. Parecía que el viento cantaba “Bésala”. Y yo pensaba “Sí, por favor”. De repente salió corriendo. Me quedé dónde estaba pensando que era http://www.google.es/una idiota por creer que algún día decidiría que era su chica perfecta. Volvió. Le pedí una explicación. Me dijo que le entró miedo de hacer lo que iba a hacer. Levantó una mano, la resbaló por mi mejilla dejándola caer hasta mi cuello, puso su otra mano en mi cintura y juntó sus labios con los míos. Se derramaron lágrimas de mis ojos y Mario me las enjugó son el puño de su sudadera. Me dijo, con una gran sonrisa en su cara, que me quería. Sonreí. Me cogió de la mano y me llevó hasta mi casa. De repente, desperté. Todo había sido un sueño. Nunca estaríamos juntos...
Llegué al instituto. Mario estaba sentado en el patio con sus amigos. Me quedé mirándole, embobada por su sonrisa, como si volviera a estar en mí sueño. Dos chicos más pequeños que yo, que se estaban peleando, vinieron rápidamente a despertarme de ese sueño. Uno de ellos me empujó con tanta fuerza que caí al suelo. Todos mis libros cayeron conmigo, desperdigándose por el suelo. Mi amiga salió corriendo, y todos los chicos que había delante empezaron a reírse. Cogí mis libros e intenté levantarme. Mario corrió a ayudarme cuando vio que estaba en el suelo. Cuando estaba ya de pie, Mario me preguntó si estaba bien. Le contesté que sí y le di las gracias por haberme ayudado. Sonó la sirena y corrí hasta mi clase. Él se sentó detrás de mí y no paró de preguntarme por mi vida. Le conté todo, incluso cuando se me cayó el primer diente de leche. Su última pregunta me dejó un poco impresionada. Me preguntó si tenía novio. Le dije que no. Volvió a sonar la sirena que marcaba el final de la clase. Yo tenía francés y él tecnología y después teníamos recreo.
Salí al patio del recreo. Mario me vio y me dijo con señas que me acercara. Tenía puestos los auriculares del móvil. Vi a una chica que estaba tonteando con él. No pude soportar mis celos. Me di la vuelta y me alejé de allí. Mario se quito de encima a esa chica y salió corriendo para alcanzarme. Me agarró de la muñeca y me giró con delicadeza para que quedáramos el uno frente al otro. Solo unos centímetros separaban nuestros labios. Podía escuchar la canción que sonaba en sus cascos, ‘’This I love’’ de Guns N’ Roses, una preciosa balada heavy. Nos separamos, ruborizados por lo cerca que habíamos estado de besarnos. Le dije que había oído la canción y que me encantaba. Me puso uno de los auriculares en la oreja y empezó a enseñarme las canciones que tenía en el móvil. Le pedí que dejara una canción, “16 añitos’’ de Dani Martín. Empecé a cantar “Dieciséis añitos fiera, me creía el rey del mundo. Con mi lema por bandera. Lo que digan yo no escucho”. La canción terminó y nos sentamos en un banco del patio. Nos quitamos los auriculares y nos pusimos a hablar, pero la sirena marcó el final del recreo y, por tanto, el final de nuestra conversación.
Quedaban tres horas de clase, tres asignaturas. Ahora tenía naturales, después inglés y, por último, matemáticas. En la clase de naturales parecía que estaba atendiendo, pero estaba en las nubes, en la de inglés miraba la pizarra sin prestarle atención a las cosas que escribía la profesora y en la clase de matemática miraba por la ventana. Todo sin parar de sonreír. Mario estaba sentado en primera fila con un chico, mientras que yo estaba en la cuarta fila sentada con el empollón de la clase. De repente me pasaron un pequeño trozo de papel doblado por la mitad. Lo desdoblé con cuidado y pude leer:
“Soy Mario, ¿podemos vernos a cuando acaben las clases? Te estaré esperando. Tengo que decirte algo.”
Miré hacia él. Me estaba mirando. Asentí a modo de respuesta. Mario me dedicó una sonrisa. Sentí que mis piernas temblaban. Quería saber lo que tenía que decirme, y también quería estar con él. De repente se me cruzó una idea en la cabeza. ¿Y si lo que me tenía que decir era malo? ¿Y si me decía que sólo me quería como amiga? No. Si fuera alguna de esas cosas no habría apartado a la chica del recreo para acercarse a mí. Me puse muy nerviosa, tanto que me dio un ataque de asma. Menos mal que mi compañero de pupitre se dio cuenta de que no podía respirar. Empezó a buscar en mi mochila, hasta que encontró mi inhalador. Pulsé el botón del inhalador y un molesto polvo salió de él, entrando en mi garganta y haciéndome cosquillas. Nadie más se dio cuenta de mi ataque de asma. Mi compañero me preguntó que si estaba bien y que si quería que hablara con la profesora. La dije que no hacía falta y le di las gracias por haberme ayudado. Al fin sonó la sirena. Empecé a recoger mis cosas y a guardarlas en mi mochila. Estaba nerviosa y no se me quitaba de la cabeza una canción. “Escondidos” de David Bislbal y Chenoa. Estaba saliendo de la clase, y empecé a cantarla “Bésame mientras sientes la piel que hay detrás de mi piel. Júrame una y otra vez que tu intentarías amarme más”.
A la salida Mario me estaba esperando, como prometió. Se me iluminó la cara al verle. Me cogió de la mano, no me lo podía creer, ahora era de verdad. Me acompañó a mi casa, como en mi sueño, y me dijo que no quería despedirse de mí sin hacer algo.
Sin ningún rodeo, me agarró la cara suavemente con sus manos, juntó mi cara con la suya y me besó, esta vez de verdad. Me dijo que llevaba muchísimo tiempo queriendo hacer eso. Le pregunté por qué no lo había hecho antes, y me dijo que era porque no estaba seguro de si yo le quería, pero que ese mismo día se dio cuenta de que le estaba mirando y llegó a la conclusión de que lo tenía que intentar.

Me pidió salir a cenar y, por supuesto, le dije que sí.

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miércoles, 11 de mayo de 2011

Amor bajo tierra

“Amor bajo Tierra”


Cuando te conocí en el metro,
ya habías estado conmigo en sueños.
Te deslizabas por mis pensamientos
cual mariposa en pleno vuelo.

Te he estado esperando tanto,
por todas partes te he buscado,
¡Incluso en países lejanos!
mira donde te he encontrado… Indiferente hacia todo,
a ninguno haces caso.
Sentada sola, sin hacer daño,
aislada en tu mundo lejano.

Tu tez pálida y amable,
salpicada por pecas fugaces,
resalta tus líneas suaves
haciéndote inalcanzable.

Al levantar la mirada,
tus ojos verdes me impactan.
Fíjate, yo los imaginaba
como estrellas caramelizadas.
Hoy mismo me he imaginado
besando tus finos labios
sosteniéndote con cuidado
y meciéndote en mis brazos.

Recostándome a tu lado,
que me des como regalo
una de esas sonrisas tuyas
que tanto he anhelado…

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martes, 26 de abril de 2011

Tragedia inesperada

Tragedia Inesperada



Fernando era un niño que parte de su tiempo vivió en Japón con sus padres y tuvo una de sus peores experiencias que podía tener en la vida.

Él había nacido en Madrid, era alto, guapo y tenía una novia llamada Ana. Su mejor amigo era Alejandro,que jugaba con el en un equipo de fútbol llamado Carabanchel F.C. Fernando estaba en el Colegio del Retiro. Todos lo admiraban,pero tenía un pequeño defecto:no estudiaba mucho;y eso le llevo a tener notas bajas y, alguna vez que otra un suspenso.

Su madre era andaluza,en concreto sevillana, y abogada, por eso tenía una cantidad de dinero increíble. Hubo un tiempo antes que estuvo en paro;pero gracias a su título de secundaria y haber estudiado una carrera tuvo más posibilidades de tener un trabajo decente y con un buen salario.
Su padre es madrileño,conoció a la madre de su futuro hijo Fernando en la Universidad de Valencia, era médico, una profesión que le cambio la vida cuando salvó a uno de sus compañeros de bachillerato de la muerte. Tenía también un buen sueldo y le costeaba a Fernando las tasas del equipo y le compraba consolas.
Cuando cumplió los 13 años, estando en 2º de ESO tuvo que abandonar Madrid e irse a Japón por traslado de su padre para poder trabajar en uno de los mayores centros de investigación de medicina de Japón,en concreto la isla de Honshū. La despedida fue muy emotiva, sobre todo el con su novia a la que le tenía mucho aprecio. Tuvieron que decirse un “hasta luego” porque podría venir a Madrid en vacaciones. Aunque hubiera redes sociales para comunicarse,iba a ser complicado ya que la zona horaria era diferente.

Cuando llegó allí, todo era pura tecnología, se alojó en un rascacielos de la ciudad de Yokoama,este tenia las mejores vistas de la ciudad. Las calles estaban llenas de japoneses y tenían muchas tiendas, comercios y grandes centros comerciales en los que necesitabas estar un día entero para visitarlo. Por suerte también había comercios españoles en Yokoama.

Fernando fue al instituto “Centre Yokohama”.Le costó mucho aprender Japonés pero tuvo la sorpresa de encontrarse con niños españoles de diferentes lugares de España; Málaga, Segovia, Valencia...
Tenia muchos amigos como Adrián o Víctor.

El 11 de marzo del año 2011, un gran terremoto de 9 grados de magnitud, sacudió a Japón y después de esto vino un tsunami que remató la faena. Nuestro protagonista, estaba en su casa cuando todo empezó a moverse y a caerse. Él se asustó y salió corriendo hacia la calle. Estando allí, entre toda la multitud de personas que se congregaba, empezó a cundir el pánico y hubo avalanchas de personas pero milagrosamente no hubo muertos.

Pero lo que de verdad impactó fue el tsunami. Fernando fue arrastrado por el agua hacia algún sitio pero se quedó inconsciente tras chocarse con una farola. Este fue arrastrado sin saber cuanto duró aquello.

A la mañana siguiente se despertó en la orilla de alguna de las islas perdidas en el océano pacífico. Estaba lleno de arena y se sacudió. Empezó a rodear la isla pero solo había agua y más agua. Ahora si, había tenido suerte, la isla tenía mucha vegetación y podría encontrar alimento.


Lo primero que hizo fue buscar refugio en algún escondrijo. Después se dispuso recolectar comida y encontrar objetos que pudieran servirle de ahora en adelante. Más tarde se puso a averiguar que utensilios podía fabricar para mejorar su forma de vivir: hizo una lanza, una vasija y un cuchillo.

A los tres o cuatro día miran do en sus bolsillos se encontró una estampa de la Macarena que su madre era devota ya que era sevillana. Él decidió que debía rezarle, aunque no fue nunca a la iglesia pero debía tener Fe. Así que cada noche antes de acostarse le rezaba una oración.

Pasados 2 meses del tsunami decidió hacer una balsa con troncos y ramas de Árboles. Le costó 3 días hacerla ya que le fue dificil encontrarlos y cortarlos. Por fin la tenía; antes de zarpar cogió provisiones y sus pertenencias por si le pasaba algo.

Total,cogió y se fue mar adentro. En su camino se encontró con una gran tormenta que le hizo naufragar y llegar a una isla nueva. Tuvo la sorpresa de encontrarse con otra persona y los dos decidieron poner rumbo a Japón.


Tras varios días de navegación divisaron por la tarde a un barco. Intentaron hacerle señales de todo tipo, pero no sirvió de nada ya que estaban a muchos metros de distancia. Cuando la esperanza parecía que desaparecía; llegó por fortuna un helicóptero que consiguió divisarlos y rescatarlos.

Más tarde se reencontró con su familia, que no les pasó nada. Días después de volver a la ciudad,su padre tomó la decisión de regresar a España ya que no se sentía a gusto con sus compañeros, quería volver a esa sala donde solía estar toda la tarde recibiendo pacientes y poder darles una solución.

En Octubre del año 2011 pasando a 3ºESO volvió a su colegio,con sus compañeros,que le prepararon una fiesta de Bienbenida y fue una alegría para todos ya que ahora sus vidas cambiaban por una persona que tenían en común.


Y así no termina la historia, Fernando después de lo que tubo que hacer con la estampa de la macarena, decidió ser religioso e invitó a sus amigos a participar en las misas y a pasar un buen rato juntos.



FIN

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Un error, una lección

UN ERROR, UNA LECCIÓN

En todos los institutos, hay todo tipo de adolescentes; desde la más ricachona que presume de coche cada seis meses, hasta el más sencillo que apenas se puede comprar un libro.
Pues bien mi instituto no era distinto.

Viví en un barrio donde nunca había silencio ni soledad en sus calles. Siempre había coches pitando, perros ladrando y gente comprando en le mercado de la plaza a todas horas. Nos tuvimos que mudar a la cuidad porque a mi madre la trasladaron allí, y nos alojamos en un piso donde el sol brillaba en sus cristales hasta que se ocultaba tras el verde horizonte.
A mí me gustaba vivir en el pueblo. Pero como a la gran mayoría de chicas de dieciséis años, también me gustaba comprara ropa, y viviendo sobre un centro comercial lo tenía mas fácil.
Así, un mes de septiembre comenzó mi nueva vida en le centro urbano junto a mis padres y a mi hermana Lucía, dos años menor que yo.
El primer día de instituto estaba muy nerviosa, pensaba como serían mis nuevos amigos y si me adaptaría bien a ellos. Fue fácil porque todos fueron muy simpáticos conmigo, pero sobre todo me agradó la compañía de María, la chica que se sentó a mi lado.
En el recreo, aproveché para que María me presentara al resto de compañeros. Todos me cayeron muy bien, incluso Patricia, que apenas se hablaba con María. Por la tarde quedé con mi nueva amiga y me contó que ella vivía con su abuela porque sus padres murieron en un accidente hacía unos cinco años, cuando ella apenas tenía diez, pero lo llevó hacia delante con el apoyo de su mejor amiga, Patricia. Entonces le pregunté que por qué ahora no le caía bien. A mi me parecía simpática, aunque en ocasiones algo creída, pero aún así me resultaba agradable. A la anterior pregunta, María me respondió que siempre pasaba lo mismo, al principio era la mejor amiga del mundo pero cuando menos te lo esperas te daba un apuñalada por la espalda. No lo entendí muy bien pero tampoco le di más importancia.

Ese fin de semana conocí a Luis un chico muy guapo amigo de Patricia. Estuvimos en su cumpleaños y me lo pasé muy bien. Hablé mucho con Luis y me pareció una gran persona era sencillo simpático y muy extrovertido. Me gustó mucho pero por lo visto él estaba enamorado de Patricia.
El lunes en le recreo estuve con María, y le conté mi experiencia. Le dije que me había fijado en Luis y ella me contó que Luis y Patricia habían estado juntos pero no congeniaron muy bien y lo dejaron en amistad.

El Miércoles tenía un examen de Filosofía, así que estuve estudiando toda la tarde hasta la ocho, que me puse en le ordenador. Estuve chateando con Luis y cada vez me caía mejor. Le di mi numero de móvil por si algún día quedábamos, y el me dio el suyo también.
Le conté a Patricia que me gustaba mucho Luis, y le pregunté si yo podría tener posibilidades de salir con el. Ella me dijo que a lo mejor, porque era muy guapa pero que si perdiese algún kilito que otro tendría mas posibilidades. Pensé que era verdad por lo que empecé mi propia dieta.

Con los pequeños detalles como suprimir las palomitas del sábado, el helado del viernes y dejar a un lado la carne, conseguí perder esos michelines que me sobraban. Al cabo de dos meses me puse en siete kilos menos.

Estuve quedando con Luis varios fines de semana. Un viernes salimos juntos al cine y a la hora de comer me dijo que le había empezado a gustar y que sí quería, que tuviéramos algo mas que esta amistad. Yo sin dudarlo le dije que sí, y estaba muy contenta, sabía que gracias al consejo de Patricia para perder peso ahora estaba con Luis y era feliz.

El lunes le conté a Maria que había empezado a salir con Luis gracias a Patricia. María me dijo que dejara ya la dieta, que había perdido ya suficiente peso y que ya estaba con Luis. Pensé que tenía razón y así lo hice.

Por la tarde quede con Patricia para ir e compras y le conté toda la historia de Luis. Ella no parecía muy contenta con la noticia pero disimuló y sonrió. Para merendar me paré en una heladería mientras Patricia pagaba unos zapatos. Salí con el helado y esperé a Patricia en la puerta de la tienda, y cuando salió me tiró el helado al suelo y empezó a decirme que qué estaba haciendo, que si estaba loca y que de este modo me pondría otra vez como una foca y Luis me dejaría. Yo no le contesté, cogí un taxi y volví a casa.
Llamé a María y le conté lo sucedido sin para de llorar y me dijo que no le diera más importancia, que todo se solucionaría. Mi hermana, que también estuvo conmigo me dijo que Patricia no le parecía una buena amiga, porque una amiga no le da un espectáculo a otra ni la llama foca. Yo, en vez de darle la razón, pensé que Patricia tenía razón y que lo hacia por mi bien.

Al día siguiente, Patricia se acercó a mí y me pidió perdón. Le reproché que había más maneras de decir las cosas y ella me dio la razón, pero me dijo que lo decía por mi bien, lo entendí y nos perdonamos. También me comentó que me planteara lo de dejar la dieta, que si la dejaba recuperaría los kilos, y así fue como volví a la dieta.
Poco a poco y sin apenas darme cuenta, empecé a perder peso cada semana que pasaba y al mirarme al espejo me sentía muy satisfecha de conseguir lo que me proponía sin apenas esfuerzo, porque dejé de tener el apetito que había tenido siempre, así que perder peso para mí se convirtió en algo habitual.

Notaba que Luis me miraba más, además Patricia me decía que él le hablaba mucho de mí. La que estaba mas disgustada era María .Me decía que Patricia me estaba metiendo cosas extrañas en la cabeza y que Luis era un tipo al que no le gustaban las chicas tan delgadas. Lucía, mi hermana, pensaba lo mismo pero yo me deje guiar por Patricia porque hasta ahora gracias a ella todo me había ido muy bien.
Mi madre empezó a preocuparse, me decía que yo era una chica muy mona y con un gran por venir. Para ella era la más guapa del mundo y no quería que mi cuerpo diera un cambio tan radical en tan solo unos meses. Decía que mi belleza la estaba convirtiendo en huesos y que si seguía así podría llegar a ser una enfermedad.
Yo no le eché cuenta, sabía que vomitar después de comer de vez en cuando no era tan malo, pero poco a poco se convirtió en algo habitual, algo que no podía controlar.
Mi madre no lo sabía, pero un día me dejé la puerta del baño encajada y mi hermana me escuchó vomitar. Se preocupó muchísimo porque mi cara estaba muy pálida. Me dijo que si me volvía a ver se lo contaría a mi madre y lo hizo. Me sentí traicionada, nunca me hubiera esperado algo así de ella.
Luis me dejo, porque por lo visto, había empezado una relación con Patricia. Yo no salía últimamente porque estaba muy débil con fiebre y vomitaba muy habitualmente sin provocarlo. María me traía los deberes y me visitaba todos los días. Un día, llamó al timbre y nadie respondió. Me habían ingresado de urgencias en el hospital porque caí en una enfermedad llamada bulimia.
Cuando me repuse un poco, me ingresaron en un centro de adolescentes con problemas como el mío o como la anorexia. Me sentía muy sola y deprimida cuando pensaba en lo de Luis y Patricia. Tendría que haberle echo caso a Maria, ella sí que era una amiga; y a mi hermana, que me lo había advertido. Pero estuve ciega, no me di cuenta de que no me hacía falta estar delgada para conseguir estar con Luis, que si él me quería, tendría que hacerlo tal y como era, con unos kilos de más. Además nadie es perfecto y todo el mundo tiene que vencer sus complejos.
Patricia había sido muy cruel haciéndome creer que para enamorar, hay que dejar de comer y estar delgada. Ella me había hecho engañarme a mí misma, y fue por Patricia, la que yo creía una buena amiga, por la que destruí mi vida y la de los que me querían.
Al final me recuperé con mucho trabajo y cariño, y gracias al apoyo incondicional de mi familia y de María.
Esta etapa de mi vida, me enseñó una lección: que la belleza está en el interior y que nadie es perfecto. Que todo el mundo tiene complejos que hay que vencer, y qué mejor manera que con el apoyo y la ayuda de una familia que te quiere y una buena amiga.

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Ojos que no ven

OJOS QUE NO VEN...

Ahí va buscando líos,
chulería por bandera,
con su mirada incesante
enclavada en cualquiera.
Él no quiere estudiar,
las clases son pasajeras
y las abandonará
sin ningún tipo de pena.
Él no quiere esforzarse
en su vida venidera,
vive solo el presente,
no existen los problemas,
vive solo de sus padres
que son su mejor cartera.
No le importa pelear
y partir más de una jeta,
quiere hacerse notar
para lograr tristes metas,
incordiando por la vida,
ignorando el sistema
del que sufrirá sus crisis
y llorará sus esperas.
Pobre chico sin futuro,
está en la primavera
de su vida, con su madre
sumergida en tristeza
por ver como el futuro
no sabe cómo se pesca.
Hijo de sus circunstancias
o renegador de ellas,
dejemos a los troyanos,
porque lo que él desea
es vivir bien desde ya,
pero a cada cerdo le llega
su forzoso san Martín,
y el suyo son querellas,
paro y trabajo insano.
Y deseará con fuerza
despertar en su pasado,
ir corriendo a su escuela,
sentarse y coger un libro.
Ser una persona nueva.
Ahí fue buscando líos,
chulería por bandera,
con su mirada incesante
enclavada en cualquiera.

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martes, 22 de marzo de 2011

La vecina de enfrente

La vecina de enfrente

Es verano, y mi familia y yo acabamos de entrar en un minúsculo pueblecito de playa, apartado del resto de la civilización. Llevamos cinco horas de agobiante encierro en el coche y estamos deseando llegar al que será nuestro hogar durante quince largos días del sofocante mes de julio. De entrada, todas las casas me parecen iguales, con su blanco de cal, sus puertas de madera y los verdes jardines con sus pequeñas vallas, que brillan a la luz del sol. Abro la ventanilla a mi derecha para que el viento fresco me dé en el rostro, y escucho el tranquilizante piar de los gorriones en los naranjos, acompasado al suave arrullar del mar que, imagino, no debe quedar muy lejos de aquí…
Allí está, ahora veo cómo su azul verdoso se dibuja lentamente en el horizonte, reflejando el celeste del cielo de la mañana.

Llegamos al fin a la cima de la colina, y desde aquí, puedo comprobar que las vistas son impresionantes. Distingo el ayuntamiento, la gran plaza del mercado, las tejas rojizas de las casas, las arenas de la bahía que rodean casi por completo al pueblo, el mar…
Y allí, frente a la que será nuestra vivienda esta quincena, se alza, imponente, sobre las claras fachadas del resto de las casas, una increíble mansión de estilo decimonónico. Todo es enorme en ella: los muros gruesos, las altas ventanas, de vidrieras de colores; la puerta de entrada, adornada por un escudo nobiliario en su cornisa superior; las verjas de hierro que dan al jardín. Este está poblado de maleza y flores silvestres; parece abandonado, al igual que la casa, pero su aire decadente y sombrío me resulta fascinante. Estoy sorprendida y encantada de poder vislumbrar, aunque sea de lejos, un lugar interesante en este pueblo donde pensaba que me aburriría como una ostra, vegetando, más que viviendo, durante dos largas e interminables semanas. No va a ser así; esta misma tarde me voy de inspección.
De acuerdo, es impresionante. En el interior del caserón el polvo se acumula entre los muebles, y vuela libremente sobre el gélido suelo de mármol. El salón principal es espacioso y seguramente en otro tiempo resultó acogedor. ¡Cuántos bailes se habrán celebrado aquí! Una gigantesca lámpara de araña oscila, tambaleante, sobre mi cabeza. Los minúsculos cristales reflejan los rayos del atardecer, proyectando hermosas formas doradas en las paredes. Sobre el suelo, se extiende una alfombra carmesí, muy desgastada, que cubre una hermosa escalera de madera. Me da miedo subirla (¡tantas películas de terror!), pero la curiosidad me puede.
Asciendo lentamente. Las barandillas y la escalera crujen a cada paso que doy, lo que me inquieta bastante. Tal vez, haya alguien ahí arriba a quien no le agrade mi presencia.
Por fin, llego al piso superior. No hay peligro. Todo despejado.
Inspecciono la zona durante casi dos horas, maravillándome con la belleza irreal de los antiguos dormitorios. Me gusta especialmente el de los niños. Todavía está lleno de viejos muñecos, peluches  polvorientos y un  precioso caballito balancín de madera. Me imagino cuántas risas (también llantos) se habrán escuchado en esta estancia, cuántos cuentos se habrán narrado…
Como ya he cogido confianza, me tumbo sobre una cama con una colcha de brocado rosa, ahora casi gris. Me pregunto si se romperá bajo mi peso. Como no es así, descanso un rato.
Cierro los ojos, dejándome envolver por los dulces trinos de los pájaros que pían en el exterior. Me siento bien aquí; hay algo familiar en este lugar, algo que reconforta mi corazón.
De repente, un ruido me despierta de mi breve letargo, y me pongo en pie.
Se me erizan los pelos de la nuca, como a un gato asustado. No estoy sola.
Una pálida y delgada muchacha, con aspecto de muñeca antigua, me sonríe; dos graciosos hoyuelos se dibujan en sus mejillas. Debe de tener mi edad, aunque es de menuda estatura, y viste ropas blancas y etéreas, un poco pasadas de moda. Quizás sea un camisón. Sus cabellos castaños, finos y sedosos caen como una cascada de chocolate sobre su espalda. Va descalza y parece encantada con mi presencia; tal vez, yo represente para ella lo nuevo, lo extraño y lo emocionante. Como ella para mí. De pronto, extiende sus largas y delicadas manos hacia mí.
Siento la tentación de gritar y salir huyendo de la casa, pero la expresión de la joven tiene algo que me obliga a quedarme junto a ella. Puede que sienta compasión ante sus evidentes deseos de compañía; así que, consigo dominarme y me presento. Ella me responde que se llama Alicia y tiene 15 años. Tiene una hermosa voz que recuerda el sonido de unas campanillas de cristal. Me alegro de haberme quedado. La tarde se me pasa volando a su lado, y siento que, por fin, he encontrado un alma gemela, alguien con quien comparto gustos y preferencias, alguien que ama la lectura y la música, y que, como yo, adora bailar bajo la lluvia, mirar la luna cuando el mundo se oscurece, o sentirse libre gritando a pleno pulmón desde lo alto de un acantilado; alguien que también a veces se ríe en soledad sin saber porqué y que únicamente llora cuando nadie la ve.
Pero el sol comienza a ocultarse en el mar… y yo he de volver a casa; así que quedamos para continuar nuestra charla a las once de la mañana del día siguiente. Estoy tan contenta…
Espero con impaciencia y alegría a que pase la noche, para poder dirigirme de nuevo hacia la ya familiar mansión. Después de desayunar, entro en el viejo caserón sin llamar a la puerta. Luego, comienzo a buscar a mi nueva amiga. Me sorprende que no esté esperándome en el salón.
Recorro la planta baja llamándola a gritos. Como no obtengo respuesta, me decido a subir al piso superior. No está. Solo me queda un sitio por mirar. Camino a paso acelerado hacia la habitación de los niños. Abro ligeramente la puerta y suspiro al comprobar que Alicia tampoco está aquí. Me dispongo a cerrar la puerta de madera, cuando un objeto desconocido que brilla en el suelo capta mi atención. Lo recojo. No recuerdo haberlo visto ayer. Se trata de una vieja fotografía. Sobre el papel amarillento, una joven posa vestida con un elegante traje blanco que le llega hasta los tobillos; lleva puesto unos pálidos guantes de encaje que cubren unas manos finas, de dedos alargados, que no me resultan ajenas. Unos labios sonrientes y unos hoyuelos en las mejillas, en los que se refleja la alegría de vivir, me traen a la cabeza bellos recuerdos. La larga y lisa cabellera castaña resbala por su espalda erguida… A cada rasgo, con cada gesto, que encaja a la perfección en la imagen que traigo en mi cabeza, se me va helando la sangre en las venas. Un escalofrío me recorre la columna vertebral, y hace que, involuntariamente, me lleve una mano a la boca para no gritar, cuando, finalmente, leo la nota del pie de foto:
 “Alicia, 23 de abril de 1895”.                                                                            

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