Este periódico escolar nace como una aventura en la que un grupo de alumnos y de profesores quieren explorar las posibilidades de las herramientas de comunicación que existen en Internet. Está abierto a la colaboración de alumnos y profesores de nuestro Instituto.
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martes, 4 de mayo de 2010

Los soltras

LOS SOLTRAS:
Todo comenzaba a emborronarse, estaba oscuro, una inmensa oscuridad que me envolvía y que hacía que mi corazón latiera más y más fuerte o tal vez estaba equivocado y sólo era el golpeteo de los enormes meteoritos sobre el cristal de mi nave de la que ya hacía un minuto y medio que había perdido el control. Cada segundo se me hacía más y más largo, sabía que no sobreviviría pero no podía sentir nada ,me gustaría haber sentido algo aunque hubiera sido por una vez en mi vida, aunque el único sentimiento que hubiera albergado en sólo 60 años hubiera sido el dolor o la desesperación. Lo último que vi antes de desplomarme en el suelo de mi nave fue cómo una enorme bola de fuego se aproximaba a mí con una velocidad vertiginosa.
De repente una enorme claridad que entraba por la pequeña ventana situada encima de mi cabeza me hizo despertar. No sabía donde me hallaba, todo era extraño para mí, estaba un poco aturdido pero por suerte no había sufrido daños, ni un solo rasguño aunque no podía decir lo mismo de mi nave. Algo enorme que se extendía hasta donde mi vista podía alcanzar me impactó, era algo único que sin duda no había visto antes, algo que en mi planeta no existía, era celeste y lo que provenía de él era tan purificante. Por un momento todo fue perfecto, me sumergí en un mundo inexistente donde todo era pacífico y sobre todo muy tranquilo, pero mi delirio solo duró unos segundos hasta que me di cuenta que seguía tumbado en el suelo de mi nave y recordé por qué había salido de mi planeta en busca de otro que sin duda no era este. Me levanté y me aproximé a la radio asegurándome que no funcionaba. Una idea asaltó mi mente y tras considerarla dos segundos decidí aceptarla y me apresuré a salir al mundo exterior. 
Estaba desconcertado por lo que ante mis ojos se extendía era muy bonito pero aún así mi mano palpaba la mortal pistola que tenia en la parte posterior de mi pantalón. Continué caminando todo era muy tranquilizante pero conforme más se relajaba mi mente, más se tensaba mi cuerpo, no sabía por que pero algo me decía que ese planeta me cambiaría la vida.

Llevaba varios días andando y mi cuerpo casi no se sostenía en pie, ya que sólo había comido algunos víveres que habían resistido al impacto de mi nave con este hermoso planeta. Parecía que el bosque no se acababa nunca pero al fin me pareció ver un claro al final del camino. Sentía que en cuestión de segundos me desvanecería por eso corrí hasta ver lo que me esperaba al otro lado del bosque. Lo primero que observé al salir fue un conjunto de casas todas blancas e idénticas, la calle estaba desierta y muy bien cuidada, parecía una ciudad fantasma pero entonces apareció una pareja de ancianitos: la mujer era de estatura pequeña, pelo canoso y bastante escaso, llevaba puesta una falda roja y una blusa blanca, esta me llamó más la atención que su esposo puesto que miraba a su marido todo el rato y en sus ojos se reflejaba una vida llena felicidad, me sentí envidioso por saber que nunca sabría realmente lo que era pero entonces la vi: era hermosa, no podía apartar la vista de ella, se parecía físicamente a mí pero a la vez parecía muy frágil. Mi respiración se entrecortaba y mis sentidos se me congelaban con su mirada indefensa. Mi vida cambió nada más que la vi. Descargas eléctricas recorrían mi cuerpo impulsándome hacia ella, no podía dejar de mirar, sus ojos grises me recordaban a mi planeta, allí todo era gris y muy triste, su pelo negro y rizado, todo en ella era perfecto. No controlaba mi cuerpo; cuando reaccioné ya era demasiado tarde, me encontraba delante de ella, esta retrocedió, en sus ojos se reflejaba el espanto, entonces me di cuenta que tenía la ropa rota y muy sucia. Ella me preguntó si estaba bien pero mi boca no respondía, finalmente pude decirle que si me podía ayudar y ella me ofreció su casa hasta que me recuperara. Anduvimos un par de manzanas hasta que llegamos a una casa que era muy grande pero que estaba un poco sucia y descuidada y tenía unos grandes ventanales y un color amarillo sucio. Nada más entrar había un largo pasillo a partir del cual se separaban todas las habitaciones, ella me dirigió hasta el baño y me dio unas toallas y un pijama de hombre que era un poco viejo, así que supongo que sería de su padre. El baño era muy pequeño, con unas ventanas muy chicas, de no más de dos palmos, también había un armario de madera que estaba casi vacío, la bañera estaba situada en la parte derecha de la habitación ocupando gran parte de esta. Después de observar lo que me rodeaba me metí en la bañera, mientras me lavaba no paraba de repetir en mi mente la conversación que habíamos tenido de camino a la casa:
-Bueno y, ¿cómo te llamas?
-Jaltor
-¿Y tú?
-Liss
No paraba de repetirme ese nombre en la cabeza, nunca lo había escuchado pero me parecía tan hermoso.
-¿De dónde vienes?
-Seguro que no lo conoces está muy lejos.
-¿Qué te ha pasado?
-He tenido un accidente
-¿Cuántos años tienes?
-¿Cuántos me hechas?
-veinticuatro
Su respuesta me sorprendió, esa edad la pasé hace mucho tiempo pero no podía decirle que tenía 60 puesto que desconocía todo de ese planeta y posiblemente me tomaría por loco. No le podía decir la verdad pero su mirada de ángel me hacía que no le pudiera mentir, sabía que si me volvía a mirar de esa manera le diría todo lo que ella quisiese, pero por suerte ya habíamos llegado. 
La noche se me hizo muy larga, no paraba de pensar en ella, pero a la misma vez me repetía una y otra vez por lo que estaba allí, mi misión. A la mañana siguiente me desperté sobre las 8 , Ella estaba sentada en el sofá haciendo punto de cruz, todo en este planeta me parecía tan extraño ,en mi planeta  no existían más colores que no fueran el gris o el negro; por eso, los árboles, las casas, todo era novedoso y excitante, hasta el pequeño pañuelo de punto violeta que Liss hacía con tanto amor. 
Los días transcurrían con normalidad, empezaba a acostumbrarme a aquel lugar que el destino había decidido para mí. Pero tenía que seguir con mi misión, la misión que desde pequeño mi mundo me había inculcado, conquistar un planeta y dejar Soltra, que era la viva imagen de una ciudad consumida por el espanto. La única ventaja de no poder sentir era no sentirme precisamente culpable del crimen que se cometería en este hermoso lugar, la extinción de la raza humana, la extinción de aquella mujer, de Liss.
Todas las mañanas volvía a mi nave e intentaba arreglar la radio para así poder hablar con Soltra e informarles sobre este planeta, el planeta Tierra. Respecto a mi relación con Liss, todo era perfecto, en Soltra no había chicas cómo ella, era tan niña, tan indefensa y tan fuerte a la vez. No sabía como comportarme con ella, en mi planeta era todo más fácil, la mujer no tenía autoridad, ella no decidía con quién se casaba ni nada ,pero con liss era diferente, no sabía cómo se hacía lo de casarse en este planeta pero aunque hubiera sido como en mi tierra nunca la hubiera obligado a casarse conmigo si ella no quería, a ella no.
Hoy salí como todas las mañanas a arreglar la radio, ya mismo la terminaría eso me haría feliz o al menos lo pensaba. Sólo me faltaba una pieza pero no la tenía así que tuve que ir a la tienda, pero al salir de esta me encontré con mi propia sentencia, eran unos chicos que se estaban riendo y por sus mentes no pasaba nada bueno, delante de ellos mi debilidad, mi Liss. Ella andaba con paso rápido y sin mirar hacia atrás pero esos chicos la estaban siguiendo, sentí el miedo en sus ojos y una gigantesca ira comenzó a recorrer mi cuerpo, dejando que mi instinto animal me envolviera nada más que Liss dobló la esquina, y después me di a la fuga dejándolos mal heridos puesto que aunque mi apariencia fuera humana mi fuerza no. 
Pensando en lo que había ocurrido me fui a mi nave y terminé de arreglar la radio, busqué la frecuencia y cuando contestaron de Soltra…no pude no podía dejar que destruyeran lo más parecido que había tenido a un hogar y a una familia. Mi corazón me decía que tenía que ir a por Liss y decirle que se casara conmigo y que la quería pero dos manzanas antes de llegar a su casa la vi, no lo podía creer, un chico le puso un anillo y después se abrazaron como si les fuera la vida en ello, en sus ojos se veía un amor, una pasión que me fulminó en mil pedazos. Comencé a caminar en sentido contrario mientras que mi cuerpo se relajaba más y más.¿que destino escoger? ¿Mi planeta quizás? No…
A sólo unos centímetros del borde del enorme abismo que se extendía bajo mis pies supe que no había vuelta atrás, que todo había acabado para mí. La lluvia resbalaba por mi cuerpo y hacía que se formara barro bajo mis pies .Con el tiempo había apreciado todo lo que había en este planeta, el más maravilloso detalle como las nubes blancas y esponjosas o el sol, para mí esto ya no era una misión sino mi hogar. Mis pies se aproximaron al borde y mis manos se extendieron como si de pájaros se trataran, mis ojos se cerraron muy fuerte después de ver aquel inmenso celeste que me había impresionado el primer día ,el cielo, y de pronto sentí el aire, el dulce aire que me llenaba los pulmones y me mantenía con vida pero en este momento no podía hacer nada, ya que en sólo unos segundos mi cuerpo impactaría contra el suelo y mis sueños se desparramarían por él, llenándolo de sangre. Todo se enrojeció y por mi mente pasaban las imágenes de toda mi vida una tras otra mientras que lo rojo se volvía negro, y entonces supe que me había equivocado en todo, ya que siempre quise tener sentimientos y los tuve pero esos mismos fueron los que me llevaron a estar aquí, el dolor y la desesperación me llevaron a estar tirado en medio de la nada. pero lo peor fue darme cuenta que siempre estaría en algún lugar entre el olvido y ninguna parte. Y todo se volvió negro.

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La maravilla de aquel mendigo

La maravilla de aquel mendigo.

En el camino que recorría cada día para llegar a mi casa, observé cierto día, para mi asombro, a lo que, por sus vestimentas harapientas y descosidas; por la posición de sentarse contra un muro, con toda naturalidad, sin inmutarse lo más mínimo por la aparente incomodidad que debía padecer; y por su pelo y rostro, llenos de una gran cantidad de polvo que, unido junto a su porte apesadumbrada y cabizbaja; podríamos llamar mendigo.
De haber  respondido al patrón que acostumbraba a ver en ellos, sin duda lo habría ignorado y, con toda seguridad, se habría perdido en el inmenso océano comprendido por los momentos que no merecen ser recordados. Sorprendentemente, me hallaba ante un desdichado que, en lugar de alzar sus manos para pedir limosna, relegaba en ellas la tarea de sostener un diario y un bolígrafo con el que trataba de llenar las páginas de aquella encuadernación; una tarea realizada con la suficiente intensidad como para hacer que yo asumiera el papel del ignorado y a la vez del interesado, pues la pluma de aquel hombre surcaba las líneas con la velocidad suficiente para avergonzar a los aviones que surcan el cielo.
Por supuesto, de no haber continuado viendo a aquel individuo en su rincón en los días posteriores, continuando siempre con su apasionada tarea de escribir en su diario, lo habría olvidado. Pero no fue el caso. Semana tras semana, continuaba alimentando mi curiosidad. ¿Acaso había olvidado lo que era alzar la cabeza y trataba de ocultárselo a un mundo del que solo recibía lastima, compasión y, en ocasiones, repulsión? ¿O eran sus ideas tan poderosas que no merecía la pena gastar tiempo en satisfacer y mejorar su actual condición?
Siempre que pasaba por allí, lo veía en su característica postura hasta que, una tarde, justo cuando yo pasaba,  alzó el rostro, me miró, y, sin mediar palabra, me entregó el diario que lo había hecho particular a mis ojos. Dudé en recogerlo pero me doblegue ante aquella mirada acostumbrada a contemplar los suelos y que, sin embargo, no poseía ni el menor atisbo de duda o temor a la hora de hacer frente a los ojos de las personas.
Poco después, bajo la luz de una lámpara, comencé a leer el cuaderno. Me imagine que contenía listas de deseos imposibles, sueños que acabaron en la pira de las “sucesos que nunca sucederán”, cosas pendientes por hacer antes de morir, días desgraciados de alguien que renunció a vivir para contentarse con sobrevivir… Me equivoque. El diario contenía una historia salida de una creatividad que se burlaba de las normas expuestas por la razón humana. Una creatividad asombrosa. Imagine otra vez; sentimientos de alegría, tristeza, amor y odio, que brillaban como los verdaderos dioses del mundo, morando entre los mortales, concediendo su presencia y permitiendo palpar entes incorpóreos; fantasmas, quimeras e ilusiones que concedían una segunda oportunidad al mundo para ganarse el perdón de la fantasía…
Jamás leí una historia como la que encerraba aquel diario. No podía decirse que fuera trágica o alegre, pero sin duda merecía la calificación de bella, y cómo poseedora de esa belleza, era recibida con el abrazo de la humanidad.
Tras terminar de leerla, fui a ver al mendigo con su diario, le explique la importancia de su creación, diciéndole que el mundo glorificaría su obra y, por ende, a su autor, concediéndole una vida mejor que la que él llevaba sosteniendo su espalda contra la pared y durmiendo en albergues.
Por toda respuesta, el hombre me arrebató el cuaderno, sacó una cerilla y, ante mi horror, prendió fuego a la mejor historia que las personas jamás tendrían la oportunidad de disfrutar.
Cuando, temblando, decidí inclinar la balanza a favor de la confusión y el ansia de respuestas, y guardar mi furia, le pregunté por qué:
Él me respondió:
-Ese diario solo fue creado con el propósito de mostrar a una persona que cualquier vida humana, por muy desgraciada que sea, puede ser preciosa. Tú has visto lo que el mundo jamás vera por su vanidad y abandono al prójimo. Cualquiera que se cruza a tu lado, cualquier persona que pasa sin pena ni gloria ante tus ojos, esconde un tesoro que merece ser contemplado. Yo soy pobre, no por ser un vagabundo, sino porque jamás me interesó descubrir la riqueza que poseen los demás. Hay maravillas escondidas a tu alrededor, que aunque no nacen del útero de una madre, mueren cuando la muerte decide acercarse a destruir su morada. Querido desconocido, espero que hayas aprendido algo de la magia de este mendigo y que cada vez que ante ti se encuentre un individuo, seas consciente de qué es único y  encierra milagros que se pierden, tristemente, sin que nadie sepa de su existencia en lo más profundo de su alma.
Y tras decir esas palabras, el mendigo me dio la espalda y partió, alejándose de mi vista. A mis pies, lo magnífico de aquel hombre lleno de harapos, se convertía en cenizas dejándome a mí como el único vestigio de una de las más grandes maravillas jamás obradas por la mente humana.

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