Este periódico escolar nace como una aventura en la que un grupo de alumnos y de profesores quieren explorar las posibilidades de las herramientas de comunicación que existen en Internet. Está abierto a la colaboración de alumnos y profesores de nuestro Instituto.
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martes, 22 de mayo de 2012

Concurso de Relatos 2012 - Categoria A: La Venganza de la Madrugada

LA VENGANZA DE LA MADRUGADA

Una noche de invierno, un viajero en una negra y larga capa de viaje cruzaba un bosque por un sendero abierto entre la maleza. Pese al frío, el viajero siguió andando con un ritmo ininterrumpido, que hacía ver que el misterioso personaje no notaba ni percibía el intenso frío que hacía allí.

Pronto llegó hasta una cochambrosa cabaña, que parecía ser el destino de su viaje. Se plantó frente a la puerta justo cuando una pequeña llovizna empezaba a caer. Alzó la mano y golpeó la carcomida puerta, que amenazaba con caerse de un momento a otro.

Estuvo lo que parecieron horas esperando frente a la puerta de la cabaña, hasta que al final, se abrió la puerta y bajo el umbral de esta vio aparecer un hombre que sostenía un pequeño farol, que alumbraba lo justo para que le pudiese ver la cara; una cara surcada de arrugas, con unos ojos de un azul tan claro que parecían transparentes, una nariz muy chata, como si le hubiesen pegado un portazo en la cara, y una boca que parecía no tener labios. Iba encorvado, cubierto con lo que parecían unas mantas sucias, viejas y rotas.

Cuando vio aparecer a ese hombre, lejos de asustarse, su cara mostró una expresión casi de asco. El motivo que lo había llevado a abandonar su cama en el hospital, estando enfermo Terminal, no era otro que…la venganza. La sed de venganza, pues el hombre que se hallaba ante él no era otro que el asesino de su progenitor, al que había matado a raíz de una pelea en un bar de mala muerte.

- ¿Es usted?-preguntó el misterioso viajero, dispuesto a atravesar el umbral de la puerta; divisó un espejo en la pared de enfrente, en el cual vio su enfermizo rostro.

- No creo necesaria esa pregunta-respondió con una voz cascada por el terror el
anciano-Sé para lo que has venido, pero lo que vas ha hacer no te devolverá a tu padre.

- Por sorprendente que le parezca, he de decirle que se equivoca. Me queda poco tiempo, puede que minutos; pero si me voy de este mundo, será acompañado de usted- del viajero emanaba una frialdad que tenía paralizado al anciano de puro terror; un terror que éste trataba disimular. El misterioso personaje se acercó al anciano con pasos temblorosos, acusadores de la fiebre que en él aumentaba-La venganza es un palto que se sirve frío, y en su caso se está helando. Ya hace dos años del incidente que le costó la vida a mi padre, y esta noche usted se reunirá con él; aunque lo más probable es que lo próximo que vea usted sea el infierno.

Y dicho esto, sacó de su capa una navaja y, antes de cometer el crimen, en son de burla, preguntó con una cruel sonrisa dibujada en sus labios:

- ¿Sus últimas palabras?

- Sí; espero que te pudras en el infierno por la cobardía que has demostrado y demostrarás al cometer un acto tan repugnante como el asesinato de una persona indefensa-declaró el viejo, con el odio y el miedo dibujado en su anciano rostro.

- ¡Mi padre también estaba indefenso!-chilló el viajero, alterado por primera vez- ¡Estaba borracho y usted fue tan miserable que le partió una botella en la cabeza!¡¿Quién es más miserable de los dos?!-se tranquilizó-Y ahora lo vas a pagar.

Y le clavó la navaja en el corazón. Vio como el viejo se convulsionaba y boqueaba, sin sentir una pizca de remordimiento. Ya estaba dispuesto a marcharse cuando se desplomó junto al cadáver (ahora inmóvil) del anciano. Se quedó allí inerte, quieto, muerto. Por el bosque se vio acercarse, como flotando, a la maldita y conocida figura con guadaña, dispuesta a arrancar de este mundo a otras dos almas que por fin hallarían el descanso eterno.

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miércoles, 16 de mayo de 2012

Concurso de Relatos 2012 - Categoria A: Espejo Roto

ESPEJO ROTO

La báscula grita el número.

Mis pies de goma sostienen este saco de grasa sobre mis rodillas de madera, sobre mis muslos kilométricos del tamaño de dos ballenas.

37,20.

Mi barriga es un cubo de sangre; mi estómago, de color blanco, un saco de vómito; los huesos de mis hombros yacen ocultos bajo una capa de lípidos que se afanan en esconder mis costillas, mi clavícula, mis mentiras, mis miedos, mis cortes en la pelvis que ahuyentan a los fantasmas del pasado.

37,20.

Mis pómulos redondos trazan una curva sobre mis mejillas, mis labios gruesos marcan la tristeza en mi rostro, mis ojos cansados piden ayuda a las almas que ignoran, a los huesos que no escuchan, a la carne que suspira atrapada en un cuerpo de plástico.

37,20. Gorda. Fea. Tonta.

No puedo parar.

No quiero parar.

Mamá llama a la puerta.

Tres golpes insistentes.

Uno, dos, tres.

Casi alcanzo a escuchar cómo susurra mi nombre, cómo de sus labios escapa un suspiro resignado.

No contesto.

De la báscula ha desaparecido ya el número que marca el sufrimiento de un espíritu errante.

Me despojo de mi sudadera, de la bufanda de lana que cubre mis huesos rotos.

Quizás me llama una segunda vez… sigo sin responder.

Alzo levemente la camiseta interior que se adhiere a la grasa de mi vientre.

Pellizco con la fuerza que le queda a mis dedos de hierro mi barriga hinchada; mi ombligo desea desaparecer entre mis michelines, el pantalón proyecta sombras oscuras junto al lunar de mi costado.

37,20. Gorda. Fea. Tonta.

La cuchilla de afeitar de mi padre luce, tan hermosa como cada noche, sobre su estante de plástico.

37,20.

Acerco la afilada hoja a mi piel, comienzo a sentir la tensión en mis músculos, relajo mi expresión en una falsa sonrisa tranquila.

37,20.

Dibujo marcas sobre mi vientre, palabras en una lengua desconocida que me susurra nanas al oído, canciones de cuna que mienten sobre un futuro mejor, arrullos al viento, puentes entre dos mundos por los que huyen los espectros.

Toda la maldad escapa, todo el miedo escapa.

El tajo sobre la cintura reluce, violeta.

Los temores de mi mente se cuelan por el desagüe gris.

Hoy no he comido.

Debería sentirme orgullosa, pero mi estómago de princesita rosa se queja, lacera mis entrañas, pega puñetazos en mi interior.

Me dirijo a la báscula, me coloco sobre ella.

35,60.

Finalmente las horas de ejercicio en mi cuarto han dado resultado.

Pero me duele, me duele…

La nieve de cristal se incrusta en las paredes de mi estómago, asfixiándome.

Me dejo caer al suelo. Frío.

Todos dicen que no puedo continuar, que el hambre acabará matándome.

Pero yo soy fuerte, soy capaz de conseguirlo.

Puedo llegar a cero.

Cero kilos, cero grasas, cero huesos, cero vidas.

Ellos tienen los ojos tapados por una venda de ignorancia, ellos no ven lo que necesito, lo que quiero.

Ellos prefieren fingir que ven a la chica sana, a la que come, a la que sonríe, a la que vive una existencia que no le pertenece.

A la que decide no mostrarles los horrores del mundo, la sangre que fluye, los huesos que sobresalen, los estómagos que revientan sobre un váter inmaculado.

Porque ahora soy delgada, ahora soy un 34,50, ahora puedo ver la perfección en mi cuerpo.

Yo soy las costillas atravesando la piel.

Yo soy la circunferencia de mis dedos alrededor de mi muñeca.

Yo soy el espacio vacío entre mis muslos.

Yo soy el cuerpo que se desgaja, lentamente, convirtiéndose en nada.

33,00.

Despierto.

Las agujas me pinchan la piel, los cortes supuran en mi barriga.

A mis venas no les gusta esto, no.

Están llenando mis brazos de grasas, están lanzándome flechas envenenadas con calorías.

Debo pesar al menos sesenta kilos. Soy una morsa.

Me levanto y arranco los tubos transparentes de mi muñeca.

La princesita de hielo arroja su bilis en el váter, los fantasmas la obligan a meterse los dedos hasta la garganta, quemándola por dentro, transformando su cuerpo en pedazos de fuego.

Siempre he sido una chica ejemplar, la estudiante y la hija perfecta. Modelo.

Pero nunca he pensado en los demás, nunca he tenido en cuenta el daño que provoco.

Soy peligrosa.

Soy un monstruo.

Soy la joven que vomita sus secretos en el baño, soy la bestia que hace llorar a su familia. Devastadora y terrible. Como un huracán.

Ni siquiera merezco estar atrapada en mi castillo de papel, debería dedicarme a cavar mi tumba en el cementerio, a enterrar mis huesos donde nadie pueda encontrarlos.

Pero mi mente no quiere hacerlo, mi estúpido cerebro consumido se niega a lanzarse al vacío.

Si hubiera podido hace años habría parado con todo esto, habría abierto mis alas al viento, habría ido en busca de la muerte, me habría cortado ocho veces el corazón hasta grabarme "lo siento".

Pero ahora, ya no.

Ya no soy más un cadáver viviente, no más un alma enferma y egoísta, no más un saco de huesos, no más la araña que entreteje su tela y tira de ella hasta ahorcar a sus seres queridos. No más.

Y no cuesta tanto, no es tan difícil.

Quizás, en algún momento, un plato de carne, una báscula que no funciona, un espejo que se rompe… un cuerpo bonito, una vida real, una existencia imperfecta.

Los cristales del invierno se quiebran y dan paso a la primavera.

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Concurso de Relatos 2012 - Categoria A: El fin de la brujería

EL FIN DE LA BRUJERIA

Hace más o menos ocho siglos, la magia era brujería y se condenaba con la hoguera. Pero la magia y la brujería son cosas distintas. En el año 1229, un hombre de 36 años nacido en Nápoles, de mediana estatura y de pelo oscuro llamado Elthas tuvo un encuentro fortuito con la magia. Estaba de viaje hacia Roma llevando para vender unas mercancías cuando vio a su derecha un hombre de rostro pálido sentado bajo la sombra de un árbol.

- ¿Quiere usted que le lleve a algún sitio?- le preguntó Elthas.
- No, buen hombre- dijo con voz ronca y entrecortada-. No se preocupe.
- Tiene mala cara. Suba al carro: no será una carga si es lo que teme- insistió Elthas.
- Bueno- cedió al final el hombre-, si usted insiste.
– Me llamo Elthas, encantado- ambos se estrecharon las manos-. ¿A dónde quiere que le lleve?- le preguntó.
- Con usted- respondió el hombre.
- ¿Cómo?- preguntó Elthas, que creía no haber escuchado bien la respuesta.
- Con usted- repitió el hombre-. No tengo a dónde ir.

Prosiguieron el camino. De pronto, dos siluetas aparecieron desde la penumbra de la inmensa arboleda que había a ambos lados del camino. Los dos individuos se interpusieron en su camino. Elthas paró con la rienda a los bueyes que tiraban del carro y los observó; por su ropa parecían juglares. En el mismo tiempo en que habían aparecido, se agacharon, saltaron, dieron una vuelta sobre sí mismos y empezaron a entonar una balada en un idioma bastante raro.

Qué lástima que, debido a la melodía de los dos extraños individuos, Elthas y su acompañante no advirtieron la presencia de otras dos siluetas que se acercaban sigilosas pero tranquilas desde ambos lados hasta que estuvieron con un cuchillo en la garganta. Por suerte para el pasajero de Elthas, este sabía lo que debía hacer en esa situación.

- Qué quieren de nosotros- les dijo Elthas con un tono interrogante pero inquisitivo y firme.
- Primero, las manos en alto- Elthas y su acompañante hicieron lo que les dijeron-.
- Ahora, bajen del carro y sígannos.

Los dos bajaron y siguieron a sus secuestradores. Justo cuando entraron en el bosque, Elthas le dio tal patada al hombre que lo vigilaba que lo chocó de bruces contra un árbol cercano y, antes de que el otro pudiera reaccionar, le propició a este un puñetazo en el estómago y un golpe en el costado.

- ¡Corra!- gritó Elthas.

Él y su acompañante aprovecharon para volver otra vez al carro. Cuando llegaron a este, subieron precipitadamente y Elthas les dio varias veces con las riendas a los bueyes, que viendo la cara de su amo, corrieron a toda prisa por el camino. Después de unos minutos de desesperación, Elthas acarició a los bueyes, de forma que estos aminoraron el paso.

- ¿Quiénes eran esos tipos?¿Sabe qué querían de nosotros?¿Le buscaban a usted?¿Cómo se llama? - preguntó Elthas.
- Primero, no me hable de usted. Segundo, mi nombre y quién soy no le concierne en absoluto, y tercero…
- ¡Cómo que no me concierne!- le interrumpió Elthas-¡Si lo que nos acaba de suceder es por su culpa, dígamelo!
- Huff…-suspiró el individuo-. Bueno, mi nombre es Silthus, soy mago, y los hombres de antes eran brujos de la secta Sontrux que intentan esclavizarme con un hechizo- respondió el hombre, pero las palabras de Silthus le sonaron a Elthas a chino.


El tercer día después del ataque divisaron a lo lejos las gigantescas murallas de Roma. Elthas se había pasado todo el viaje pensando sobre los acontecimientos ocurridos hasta ahora y decidió hacer como si nada de eso hubiera pasado. Dejaría a Silthus en Roma, vendería las mercancías y volvería a Nápoles.

Cuando el tramo que les separaba de Roma rozaba los 100 metros, un individuo de ropajes parecidos a los que llevaban los brujos de antes se interpuso en su camino.

- ¿Ahora qué secta es?- dijo Elthas con tono desesperado.
- No te preocupes- le dijo Silthus-, no es ninguna secta. Es mi hermana. Hola, Verdana. La secta Sontrux nos ha atacado, por eso he tardado más de lo previsto.
- A, vale, no hay problema. Por cierto, ¿quién es este hombre?- inquirió Verdana.
- Se llama Elthas, y me ha ayudado a escapar. De no ser por él, lo más probable es que ahora mismo fuera esclavo de los Sontrux- respondió Silthus.
– He alquilado una habitación con dos camas en una posada durante dos días. Elthas, si quieres puedes quedarte en la posada como agradecimiento- dijo Verdana.

La posada en la que se alojaron estaba justo a la izquierda del portón de la ciudad. Elthas se durmió pensando en lo que haría a la mañana siguiente.

Se despertó de súbito. Pensó que habría sido por casualidad, pero se quitó esa idea de la cabeza cuando oyó la voz de Silthus diciéndole:

- Vamos, vístete, rápido. Vamos a acabar con la única secta de brujos que queda.

Elthas hizo lo que le dijo algo confuso y, cuando terminó, bajaron juntos hasta la
entrada de la posada. Allí estaba Verdana, con tres caballos lista para partir. El trío puso rumbo por las oscuras calles principales de Roma, pero en cuanto pudieron, se desviaron por las calles secundarias. Al final llegaron a un callejón que tenía una gran fisura en la pared, por la que pasaron para llegar al exterior.

Ya fuera de Roma, el trío puso rumbo hacia el frondoso bosque. Mientras cabalgaba, Elthas empezó a pensar cómo había llegado hasta allí: tal vez fuera su instinto, pero también podía ser que los consideraba su familia, dado que todos sus parientes habían muerto o, a lo mejor, ambas razones. Él solo sabía que se sentía bien con Silthus y Verdana. Después de unos minutos, llegaron a una explanada. El trío aminoró el paso y, ya en el centro del claro, bajaron de los caballos. Silthus y Verdana se sentaron en la hierba, y Elthas les imitó.

Después de unos minutos que se hicieron eternos, cuatro siluetas aparecieron de la nada en el claro. Antes de que el trío pudiera levantarse del todo, los cuatro brujos se colocaron en un círculo alrededor de ellos y empezaron a entonar algo en un idioma más extraño aún que el que Elthas escuchó en la balada del primer encuentro. Un círculo oscuro con símbolos morados se cernió sobre los tres y Elthas cayó en un profundo sueño. Mientras tanto, Verdana y Silthus habían creado un caparazón antimagia y ya se disponían a atacar cuando una voz se escuchó desde todas partes.

– Ay…- suspiró la voz-. No podéis hacer nada. Mientras mis súbditos os entretienen con el círculo oscuro elemental, yo sigo con mis progresos. No me gusta mancharme las manos- rió la voz.
- ¡Aparece!¡Sal de donde estés, cobarde!- gritó Silthus.

En ese instante, miles de bolas de fuego volaron hacia Verdana y Silthus, pero ninguna atravesó el caparazón antimagia. Verdana lanzó más bolas ígneas y Silthus, que se percató del plácido sueño en el que Elthas estaba sumido, le despertó. Cuando volvió en sí, Elthas miró a su alrededor. Recordó lo que había pasado y se dispuso a huir, pero una bola de fuego le hizo retroceder.

- ¿Qué puedo hacer para ayudar?- les preguntó desesperadamente a Verdana y Silthus.
- ¡Quedarte con nosotros!- exclamó Verdana.

Elthas vio como millares de bolas de fuego volaban a su alrededor. De pronto, el jefe de la secta Sontrux hizo su aparición y todos dejaron de lanzar hechizos.

- ¡Corthas!¡Ven y entablemos lucha en un duelo!- gritó Silthus.
– Vale, pero nadie más participará- dijo el hombre.

Se colocaron uno frente al otro y comenzaron la lucha. Silthus creó un caparazón antimagia y Corthas comenzó a lanzar bolas oscuras contra él. Silthus empezó a lanzar bolas de escarcha hasta que Corthas quedó congelado y, después, provocó una ventisca alrededor de su adversario. Creando un aura de fuego en torno a él, Corthas se liberó de la congelación. Luego, millones de bolas de fuego, de escarcha y de oscuridad estrellaron el cielo oscuro de la noche hasta que una lanza de hielo se clavó en el pecho de Corthas. La lanza penetró hasta su corazón, por lo que Corthas cayó al suelo. Entonces, dijo

- ¡He aquí mi mejor creación!¡Gammortha!¡Y lo es porque está ligada a ti, Silthus!

Entonces, del cielo, apareció un demonio cinco veces más grande que todos ellos. El trío retrocedió unos pasos y Silthus, con voz temblorosa, dijo:

- Si es lo que hace falta para acabar con esto…¡muere, Gammortha!

Entonces, sacó una daga de su bolsillo y se hirió a sí mismo en el pecho. La sangre roja como el rubí brotó de la mortal herida que le sepultaría en aquella explanada. Con su último aliento, Corthas dijo:

- Que ingenuo eres por creer la palabra de tu enemigo…¡Gammortha no está ligado a nada!
- ¡No!- exclamó Elthas-¡Haz algo, Verdana!¡Tu eres maga!
- No puedo… ¡mi magia está bloqueada!- dijo Verdana.
– Elthas, ven aquí- este corrió al lado de su amigo casi muerto-. Toma esto.

Y, con sus últimas fuerzas, Silthus creó una espada que dio a Elthas.

– Usa esto… para acabar con Gammortha- le pidió Silthus.
– No te preocupes- dijo llorando Elthas -. Lo haré.

Entonces, Elthas hizo una arremetida contra el demonio, pero, en contra de sus expectativas, Gammortha le cogió del cuello con su mano y lo elevó hasta su cabeza.

Aprovechando esta situación, Elthas agarró bien la espada con las dos manos y la clavó en el estómago del demonio. Este soltó a Elthas y cayó al suelo. Mientras tanto, Verdana ya había acabado con todos sus enemigos. Entonces, observó a Elthas y a Gammortha, que estaba tirado en el suelo. Elthas clavó la espada en el corazón del demonio, que lanzó un rugido de agonía con su último aliento. Del cuerpo del demonio brotó sangre negra como el cielo que cubría el escenario de la lucha final. Verdana se acercó lentamente hasta donde estaba Elthas y este se volvió. Ambos se miraron durante unos segundos y, luego, se fundieron en un abrazo del que solo la luna fue testigo.

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Concurso de Relatos 2012 - Categoria A: La última sonrisa

LA ÚLTIMA SONRISA
Veintiuno de Diciembre, Toronto, una buena noche para… ¿Ir a una cena en un hotel? Bah, yo ni siquiera sabía qué hacía allí. Por lo menos, estaba con Becca, mi mejor amiga desde hace años.

Aquel hotel era un tanto siniestro. Si no fuera por la gente, la iluminación y la comida tan deliciosa que allí había, daría miedo. Di varias vueltas sobre mí mismo, observando la estancia con inquietud, hasta que me detuve, justo cuando estaba mirando el reloj, casi eran las once de la noche.

- Eh, Becca, es tarde, ¿y si nos vamos? --Pregunté a mi amiga sin ni siquiera mirarla. Pero… No obtuve respuesta. --¿Becca? --Y esta vez sí me giré, comprobando así, que ella no estaba. Me puse histérico, nervioso.

De repente, las puertas del hotel se abrieron de par en par, y una holeada de zombis entraron en el lugar. El caos cundió en la sala en pocos segundos, y yo, paralizado por el miedo y la desesperación no supe qué hacer. No tenía a Becca a mi lado, los zombis se acercaban, la gente gritaba, y yo ahí en medio, estorbando, paralizado…

¡Pum…! Una mujer que pasaba corriendo escaleras arriba me empujó y caí al suelo, lo cual me vino de perlas, pues volví a la realidad y, como muchos de los presentes, corrí hacia la planta de arriba y conseguí aferrarme a algo en un intento de que nadie me volviera a derribar. Me acordé de Becca… ¿Dónde se habría metido?

Recorrí el largo pasillo de la planta alta, hasta toparme con una mujer, que aunque pareciera extraño, estaba de lo más tranquila. Le pregunté por Becca, una chica no muy alta, vestida de azul y negro, y con un precioso color pelirrojo en el cabello. Por desgracia, no la había visto.

Seguí buscándola con desesperación por todo el hotel, incluso bajé a la planta baja a jugarme el pescuezo con tal de encontrarla.

Estaba agotado de correr de un lado a otro, de subir y bajar escaleras, ya no podía ni con mi alma.

Así que, como última esperanza, salí del hotel esquivando hábilmente a los zombis y los vivos como pude. Una vez fuera, me subí sobre el capó de un coche que había aparcado en la misma entrada del hotel, así tendría una vista más amplia. No la veía. No la veía-…

Los ojos se me abrieron como platos, no creía lo que veía, era imposible. No, no puede ser. Imposible.

Bajé despacio del capó, sin habla, sin a penas parpadear y con la respiración entrecortada. Cualquiera diría que era que era un zombi más. Hasta que… Lo imposible, se hizo realidad.

Un gran charco de sangre emanaba de su delicado cuello, empapando sus pelirrojos cabellos. Sí, era Becca.

Caí de rodillas junto a ella, comenzando a llorar con desesperación. Aún tenía los ojos abiertos, y llorosos, pero no se movía.

Se moría. Y yo no podía hacer nada. Nada…

Agarré una de sus manos y agaché mi cabeza hasta su rostro, para que escuchara con claridad lo que iba a decirle.

- Becca… --Dije en un hilo de voz, entre sollozos. --¿Me escuchas, pequeña? --¿Pequeña? Que cariñoso me estaba poniendo. Ella asintió con dificultad. --No te mueras… No quiero que te mueras… --Qué imbécil era, no era eso lo que quería decir. --Te quiero… Siempre te he querido muchísimo… --Y empecé a llorar más. Nunca pensé que esto ocurriría. Nunca me planteé el tener que despedirme de ella. Jamás.

Becca me miró a los ojos. Ambos llorábamos. Esbozó una tenue sonrisa y cerró lenta, muy lentamente los ojos, sin quitar esa sonrisa de su rostro, y dejando escapar unas últimas lágrimas.

‘‘No’’, pensé, no puede ser. ¿Se acabó? Imposible. Me eché sobre su tripa a llorar, sin soltar su mano. No podía creer que aquello hubiera sucedido.

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Concurso de Relatos 2012 - Categoria A: Magia

MAGIA

Magia. ¡Cuantas veces habría Mónica escuchado aquella palabra…! Le había acompañado durante toda su niñez, y casi inconscientemente, en su adolescencia. Sin embargo, nunca se paró a pensar hasta ese día su verdadero significado. Dicen que “no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”, pues ese día Mónica había perdido la Magia, la esperanza en que existiera; la fe de que, aunque en el fondo sabía que era algo sin sustento científico, estaba ahí, habitaba en todos nosotros y que en algún momento saldría a la luz. Pero todos esos sueños se habían esfumado, habían desaparecido.

Aquella noche no pudo dormir, permaneció sentada ante su escritorio con lápiz y papel; intentando descubrir aquella teoría que hiciera que la Magia volviera. Pasaron las horas. Estaba empezando a amanecer, pero el folio seguía en el mismo sitio, blanco, vacío, como reflejo de la mente de Mónica. Volvió a abrir aquel libro que le había traído tantos problemas, el libro que le cambió la vida y le quitó las ganas de soñar. Lo examinó atentamente, lo releyó, le buscó algún fallo, pero era imposible, aquel libro era el objeto hecho por humanos más perfecto que había visto nunca.

De repente, se quedó paralizada. Sus ojos esmeralda rodeados de lágrimas secas no daban crédito a lo que veían. Sí, había estado ciega, no había podido ver lo que había estado teniendo enfrente de sus ojos durante todo este tiempo.

De repente, una voz conocida le susurró en el pensamiento: “No te preocupes, Mónica, sigo aquí, sólo que me he hecho mayor…”, tardó en reconocerla, pero se dio cuenta que era su amiga y compañera, Magia, disfrazada con un traje de números, formas geométricas y ecuaciones; sólo que había salido a la luz y se había materializado en papel, en su libro de Matemáticas.

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Concurso de Relatos 2012 - Categoria A: Pirata

PIRATA

El barco se zarandeaba de un lugar a otro, estaba a merced del viento, sin timón, siendo arrastrado por la más mínima corriente de aire, a poca a distancia un bergantín cañoneándolo sin cesar, es un bergantín pirata, lleva persiguiendo a la pinaza mercante horas llegando a dejarlo, sin timón, ni ningún tipo de arboladura.

- ¡¡¡Capitán!!!, ¡Están barrenando totalmente el barco!,¡Hay que abandonarlo!- dijo el primer oficial.
- ¡No podemos la mar volcaría los botes!-dijo el capitán a pleno pulmón totalmente desesperado,
- ¡Yo me voy!-dijo con tono firme el primer oficial.
- ¡Vosotros venid!-dijo con tono imperioso el que era el segundo de abordo.

Se echó el bote al mar con doce hombres dentro, pero este al poco tiempo volcó, William Silfirg el primer oficial nado con las fuerzas que dan la desesperación y el amor por la vida.

Llego a la playa totalmente exhausto, avanzó uno cuantos metros fuera del alcance de la ira del mar y se tumbó, al rato grito con alegría indescriptible: ¡¡Estás vivo Willy!!

Pero un cañonazo de socorro, lo saco de sus cavilaciones. La pinaza acosada muy de cerca por el bergantín hacia rugir sus cañones como un león herido de muerte. En un momento dado, los piratas se alejaron ligeramente de su presa, William no entendía hasta que acertó a dirigir la mirada a su desgraciado buque, se dirigía de frente contra unos acantilados. William vio como el navío se
estrellaba contra las rocas estrepitosamente, vio como se hundió, entre sendos surcos de lágrimas por los compañeros caídos, Silfirg observó con odio e ira como los causantes de aquella desgracia se alejaban del lugar con cierta pesadez, como incordiados por la repentina pérdida de tan suculenta presa.

William se quedó llorando largo rato y entre llantos y maldiciones al destino, juró que se vengaría de aquel canalla... no, de todo ese navío de mal nacidos y siguió su amargo llanto hasta que agotado cayó dormido.

Se despertó al día siguiente, con un radiante sol del Caribe cegándolo, se levantó y tardo un tiempo en recordarlo todo, sintió ganas de llorar pero no pudo, se sereno y empezó a pensar con claridad, recorrió la playa en busca de supervivientes ,en vano pues no halló ninguno. Desalentado por ser el único superviviente se sentó a la sombra de un cocotero. Al poco tiempo escuchó unas voces.

Pensó en correr hacia ellos para pedirles auxilio, pero una frase le heló la sangre en las venas y le obligó a esconderse.

- Capitán hemos recorrido más de la mitad de la bahía y no hay ningún testigo vivo- dijo con gran recelo uno de los componentes de la comitiva que acaba de aparecer ante sus ojos con un hombre al frente.
- No quiero correr riesgos -dijo el más trajeado y que sin ninguna duda era el capitán, con un fuerte
acento francés.
- Si señor-dijo el que seguramente era el segundo, con el mismo recelo de antes pero dejando entrever cierta hartura.

William tuvo el impulso de lanzarse sobre aquel canalla que mandaba el navío que le había traído tanta desgracia, pero se trago sus ansias de venganza y se dijo que hoy no pero se aseguró de marcar el aspecto de ese miserable para poder reconocerlo en un futuro.

Alto, delgado y trajeado, se movía con agilidad y soltura, un estoque colgaba de su cinto, su rostro, una cicatriz le llegaba desde la barbilla hasta la base del cuello, un poblado bigote pelirrojo adorna su labio, sus ojos muy grandes creía ver que eran marrones, y los más impresionantes tenía toda la cara llena de quemaduras de pólvora, esta agradable estampa quedo grabada a fuego en la mente de William.

Vio como se alejaron, hasta que fueron un puntito en la playa y después... nada.
William camino durante horas hasta que llegó a una pequeña colonia española de actividad sobre todo pesquera las gentes de allí lo recibieron con los brazos abiertos y escucharon su trágica historia lo que no hizo sino aumentar su misericordia por él. El gobernador de la población Don Diego López, le proporcionó un pequeño bote de a remo para que se ganará la vida como pescador.

William resultó ser muy habilidoso en la pesca menor, pues descubrió una bahía a medio día de viaje de la que se obtenían excelentes presas, llegando a conocer hasta el último recodo y cueva de la bahía. El gobernador viendo la calidad de las presas lo convirtió en su abastecedor oficial.

Así William próspero en la colonia, compró una casa cerca del puerto, amplios ventanales, un gran salón, cuatro habitaciones sin contar la del criado que se había permitido sustentar y la cocinera.

William podría haber vivido de esta forma el resto de su vida, pero el destino le tenía aguardado otro camino... un día.

El gobernador lo hizo llamar:
- William una altas dignidades de Santo Domingo van hacer cala en nuestro puerto, y quiero servirles los mejores pescados de estas aguas-dijo el gobernador como confiándole una gran responsabilidad.
- Así lo haré gobernador-dijo decididamente William.
- Pero tu embarcación es demasiado pequeña para conseguir tal cantidad de viandas...- Dijo lentamente el gobernador.
- En eso tenéis razón señor...- dijo William mientras pensaba una solución ante el dilema, pero sus meditaciones se vieron interrumpidas por una exclamación del político.
- Por eso os proporciono una pequeña embarcación con una extensa bodega y el dinero suficiente para contratar veinte buenos marineros.
- Os lo agradezco enormemente excelencia pero esto como todo tiene un precio ¿no?-dijo con tono comprensivo..
- Conoces bien las reglas del mundo, Silfirg... las arcas sufren escaseces por lo cual te pido encarecidamente que tomes mi palabra de honor como suficiente seguridad de que te devolveré el dinero debido-

William sabiendo de la honestidad y buena fe del anciano, además de las estrecheces de sus arcas lo aceptó con una sonrisa.

William enroló a veinte marineros curtidos, y en dos días se hizo a la mar con las bendiciones del que cada vez, parecía mas un buen amigo.

Capturaron abundantes viandas, y su tripulación se mostraba muy complacida con el nuevo capitán, al igual que el gobernador y sus selectos invitados con la cena servida.

Al amanecer del día siguiente William fue llamado por el gobernador.
-William lo he pensado lentamente y he decidido darte el navío en pago de tus excelentes servicios- dijo el anciano con una gran sonrisa en la cara ante la estupefacción del joven escocés de apenas veinte años.

A lo que añadió
-Y no toleraré un no como respuesta-

William se salió de la habitación entre agradecimientos, halagos, promesas de un futuro brillante …

Con su nueva embarcación se convirtió en un rico mercante, que proveía de excelentes pescados a los gobernadores y excelencias de La Española, Puerto Príncipe, Puerto Plata...

Pero resulto que en uno de sus viajes un filibustero francés con base en Tortuga atacó a nuestro amigo, habiendo tenido este la prudencia de armar su tripulación con mosquetes y sables.

Los franceses no intentaron debilitar la resistencia del barco con descargas de batería, abordándolo en el acto, cuarenta hombres atacaron el barco, fueron recibidos con una descarga de fusilería cerrada abatiendo a la mitad de los asaltantes al principio de la batalla, se inició una encarnizada batalla que duró una hora, diecisiete filibusteros todos ellos mal heridos rindieron la nave, el balance fue este por el lado asaltante cincuenta y dos bajas y el resto heridos y apresados ,en el bando defensor ocho muertes y otros diez heridos además de la captura del barco enemigo con su bodega repleta de objetos náuticos así como abundancia de armas, municiones y víveres.

En Santo Domingo entregó a los quince prisioneros que habían sobrevivido a las heridas, estos estaban en captura vivos o muertos, le dieron la recompensa por los prisioneros y por el cadáver del capitán y el primer oficial.

Por la venta de la pequeña embarcación, que sustituyó por el balandro francés, las recompensas, la vente de la mercancía que transportaba y los ahorros que había reunido su capital ascendía a cinco mil doblones de a ocho.


En Santo Domingo reunió una tripulación para la nave capturada, cincuenta y tres almas se sumaron a los restos de la anterior embarcación, era una nave magnífica una tripulación de sesenta y un hombres, dieciséis cañones, tres palos y un casco de roble con contrachapado de bronce además de una extensa bodega.


La vida transcurría apacible para William, pero el destino no había olvidado aquellos juramentos realizados hacía ya tres años en bahía tormentosa.

Una mañana con un sol radiante y abrasador en la que William se dirigía a la bahía en la atrapaba tan suculentas presas, cuando amarrado en la bahía observó por el catalejo un pomposo bergantín, William lo observó con cierta curiosidad, era un barco hermoso de dos palos, unos setenta cañones, de cubierta amplia, velas cuadradas..., vio salir a cubierta el que parecía el patrón de la nave era alto pelirrojo trajeado y se movía con agilidad... todo ello le resultaba extrañamente familiar ... y de repente lo recordó todo de golpe, su antiguo navío estrellándose contra las rocas y la cara de su ejecutor asegurándose de no dejar testigos.

La sangre empezó a hervirle en las venas como aquella primera vez, sabía que era una locura atacar a un barco tan superior en armamento y hombres, esto lo hizo vacilar, pero los factores del ataque sorpresa, conocimiento del campo de batalla y su superior rapidez lo convencieron.

-¡¡¡Prepárense para el ataque!!!-sus oficiales no necesitaron más explicaciones, se cargaron los cañones y mosquetes, encomendaron sus almas al Señor y entablaron batalla.

El bergantín fue cogido totalmente por sorpresa y recibió varias andanadas que le dejaron muy maltrecho antes de empezar a responder con algo, viendo su superioridad armamentística William se retiró con su navío, que tenía mayor velocidad, hasta una parte de bajo calado, su navío paso sin dificultad, pero el bergantín en plena persecución, no se dio cuenta de ello y encalló, William sabía que pronto subiría la marea y la balanza se decantaría a favor de los franceses por ello se acercó con gran agilidad y barrio la cubierta con una andanada de metralla y varias descargas de fusilería, asaltando el barco en el acto, aquello era una verdadera carnicería los pocos supervivientes se lanzaron desesperados contra sus verdugos, y allí halló William al capitán del navío, agarrado al timón, todos sus oficiales estaban muertos alrededor suya su cuerpo estaba perforado por algunos trozos de metralla y algún disparo lo había alcanzado, su mirada perdida en el horizonte se dirigió durante unos instantes a Will, clavando sus ojos marrones en él y esa mirada se lo dijo todo, no estaba de pie, se estaba agarrando al timón con todas las fuerzas que le quedaban y se sabía derrotado y solo con esa mirada...de un casi muerto le dijo que acabara con su vida para que prolongar la agonía, Will se compadeció de el ,pues ahora mostraba que aunque fuera capitán, pirata y asesino … era ya un anciano, Will agarró su puñal y se lo clavo en el corazón.

Y la pareció ver en su mirada agonizante que por una vez en mucho tiempo podría respirar tranquilo y en paz.

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