Este periódico escolar nace como una aventura en la que un grupo de alumnos y de profesores quieren explorar las posibilidades de las herramientas de comunicación que existen en Internet. Está abierto a la colaboración de alumnos y profesores de nuestro Instituto.
_______________________________________________________________________________________
Mostrando entradas con la etiqueta Concurso de Relato 2014 - (Cat. B). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Concurso de Relato 2014 - (Cat. B). Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de mayo de 2014

Concurso de Relatos 2014 - Categoria B: Reflejo en el cristal

Jueves, 11 de marzo de 2004.

Amanece.

El sol se desliza por las ventanas del tren, hilos de oro bailando sobre gotas heladas de rocío; dedos de fuego acariciando la superficie de esta serpiente que ondula entre raíles, con nosotros dentro.

Las estrellas huyeron ya, pero la luna le pide al cielo que la deje llegar más tarde a casa. Quiere aspirar todavía la alegría de la aurora, su frescura. El aire.

Ahora, el invierno no es más que una burbuja a punto de estallar en la bañera. Despaciosa y sutil, se acerca la primavera.

Pero no aquí.

Aquí no hay lugar para las diminutas flores amarillas que brillan en la hierba humedecida.

Aquí todo es blanco y negro, uniforme y gris. Semblantes grises, saludos grises, sonrisas grises, grises de medio lado, obligadas, sin ánimo, marchitas, viejas. Grises.

Observo estos rostros y no los comprendo: rostros cansados de vivir, de luchar, de estudiar, de respirar un día más; rostros mustios habitando pisos destartalados; rostros amargos, de horas malgastadas; rostros sabelotodo: tanto aprendieron que ya se aburrieron de existir; rostros, aún casi niños, que arrastran la vida como una condena.

Existen otros rostros. En mi memoria…

Flash, y ojos esperanzados, con la vista oteando el horizonte infinito, y mejillas de sal estirándose como goma, y manos de alambre aferradas a hombros de gorrión, los huesos sobresalientes de los hijos del hambre y de la guerra.

Flash, y el sol quemando en la espalda, tostando, derritiendo, corroyendo la piel; y las gargantas en sequía, y el agua golpeando la barca, y los espíritus conservados en salazón.

Flash, y la patera no aguanta, y no llegamos, no llegamos, y pobre barquilla mía, sin velas, desvelada, y entre las olas, sola, ni para juguete servías, y la tierra alejándose, escupiendo kilómetros como frontera.

Flash, y éramos cincuenta, quedamos treinta y dos, pero vamos, vamos, sólo un poco más, hay que luchar por mantenerse sólo un poco más sobre este manto de petróleo añil, que al otro lado…

Flash, y noches y días bajo la luz cambiante de un semáforo. Rojo, amarillo, verde, tuve un sueño; rojo, amarillo, verde, no puedo alcanzarlo; rojo, amarillo, verde, mi piel me lo impide; rojo, amarillo, verde, quién pudiera ser blanco; rojo, amarillo, verde, negro, negro, negro, negro. Una palabra, un color, un millar de impedimentos.

Negro.

Próxima parada…

La voz en off la anuncia con el mismo tono inanimado de siempre. Sin cuerpo, sin alma. A veces, me pregunto para qué vivir.

Podría preguntárselo también a todos los demás pasajeros, a todas esas pupilas grises prefabricadas y en serie.

A todos, excepto a ella.

Porque ella no es de este mundo; es volátil, transparente; de una belleza frágil, irreal.

Pequeña libélula plateada, hada marfil venida del norte, rosa fragante en este desierto gris.

Eso es ella, un reflejo en una ventana.

Un reflejo por el que merece la pena vivir.

Me siento detrás. Siempre en el mismo sitio. Cada martes. Cada jueves. Y ahora la miro y me bebo sus rasgos. Todo el trayecto.

Su frente pálida, despejada, corona de unos ojos inundados por un mar de hierba. Su nariz, rectilínea, de una perfección que duele. Su boca, gruesa, carnosa, y roja, como fresa de invierno.

Toda ella entera es una fruta dulce, un narciso dorado y leve.

Es bella; no deseable, sino bella, sencillamente bella.

No puedo apartar la vista de las espigas de su cabello cayendo en cascada sobre esa espalda erguida de bailarina sin tutú.

El brillo de sus pupilas eslavas se pierde en la ventana, siempre en la misma ventana.

Es un brillo intermitente, efímero, que me confirma que realmente no está aquí, sino muy lejos. Es la clase de brillo de las estrellas ausentes, tan hermosas e indiferentes que ruegan, no a conciencia, ser amadas.

Me pregunto dónde se perderá esa mirada, adónde escaparán sus iris de ninfa de las nieves, cómo será el paraje que cobra vida sólo para ella tras el cristal, a qué se deberá su repentina sonrisa bajo cero. Y me imagino otros flashes, únicos, de ella. Memorias de tundra y de hielo.

No me importa de dónde viene, ni adónde va, en qué parada baja, o en qué conservatorio arranca música al violín que siempre lleva entre las manos. No.

Me importan sus ojos soñadores, vagabundos, perdidos en el humo imperceptible que la envuelve, vaho en un puzzle de cristal. Niebla y luz.

Me importa la manera en que se recoge el pelo en una trenza medio deshecha, los mechones rebeldes huyendo en tirabuzones rubios. El gesto de sus largos dedos practicando cualquier pieza para violín sobre sus rodillas, y su ceño fruncido cuando se equivoca en una nota sorda que sólo ella puede escuchar.

Me importa la forma en que intenta cerrar un libro, a la vez que guarda las partituras y se coloca bien el bolso, su tierna torpeza casi infantil.

Ella, la chica desorden, la chica desastre, la chica ilusión vana, la chica Amores Platónicos SA, la chica vapor de agua, la chica de humo.

Perfecta en su fragilidad de nieve.

Ella. Luz y niebla. Niebla y luz.

Y, simplemente con verla, desaparecen las pateras y se vuelven suaves mis manos de lija. Sólo su reflejo borra de un plumazo este Madrid tan sin esperanza, tan lleno de rostros grises; vuelan mis paquetes de pañuelos; bailan los colores de un semáforo, que nunca quiso ser negro.

Porque, simplemente con verla, el mundo renace de nuevo, y la primavera se adelanta y se cuela por entre estos vagones; el reflejo de su sonrisa de medio segundo iluminando este tren serpiente, que no lleva a ninguna parte.

Simplemente por verla, vivo.

“Escuchas el palpitar del corazón de él. Sus latidos son cálidos, fuertes; su ritmo, acelerado.

Ves sus ojos dulces; sientes sus manos ásperas que se apoyan en el respaldo donde ella reclina delicadamente la cabeza. Ella, ensimismada en su reflejo. Ella, que no sabe nada. Que nunca lo sabrá. Son dos individuos interesantes, dos buenas piezas para este juego de ajedrez donde todos pierden, menos tú.

Y a ti te gusta jugar, te gusta sentirte temida; la rival más poderosa, la más implacable. Pero, sobre todo, te gusta ganar. Dentro de poco, otra victoria.

Y aquí están ya tus peones. En este mismo tren. Sólo dos vagones más allá.

Los has colocado bien.

Parecen observar el lugar, lo analizan minuciosamente, calculan con exactitud dónde colocar las mochilas. Quizás hablen de guerra santa, de paraísos futuros, de liberación. O simplemente del partido de fútbol del próximo domingo.

Próxima parada… Salen”.


7,45:

Contemplo el tren destrozado. Gritos, sangre, dolor, muerte. La contemplo a ella, igual que tantas veces.

Cumpliste bien tu misión. Como siempre. Tus peones y tú.

Tú, araña tejedora, que apuestas vidas a pulsos, hilaste la tela mortal y la apretaste como soga al cuello de quienes no tenían culpa alguna.

Tú, la que das el último empujón a los suicidas; la que está presente en el tsunami, en el cáncer, en la patera, en las armas blancas.

Tú, que vas acabando, poco a poco, uno a uno, con los humanos-insecto; que aplastas hormigueros y rompes panales… Ciento noventa y dos muertos.

La mañana, más fría; el día, más gris.

No más martes ni más jueves, no más niebla, no más luz ni reflejos dorados en el cristal. No más, no más, no más.

Sangra, partido en dos, mi corazón caliente.

¿Cómo pudiste doblar su alto cuello de junco? León herido, ardo de dolor por dentro.

¡Atravesaste con tu alfiler las alas de mi mariposa de humo! Y ahora llueve, ya sin tregua, en mi alma enamorada.

Tú, línea de meta hacia la que corremos, cada día, por inercia, irremediablemente; condena última y definitiva. Al final, siempre tú.

El día, más gris; la mañana, más fría.

Y mis manos negras, ásperas como lija, acariciando las cuerdas de un violín roto.

Leer el texto completo ...

miércoles, 21 de mayo de 2014

Concurso de Relatos 2014 - Categoria B: Rosa Muerta

Lágrimas teñidas de rojo, sonrisas olvidadas y miradas rotas. Ha cambiado tanto todo que ahora miro atrás y me parece mentira que esté aquí de pie, sobre esta montaña, sola. He caído desde una nube esperando despertarme en el mismo sitio que hace cinco años, y sin embargo sigo perdida en este camino de espinas sin rosas. Creo haber retrocedido tanto que incluso creo que he de empezar a volver a coger confianza sobre mis propios pies.
Me da miedo hasta caminar. Me he vuelto a perder, no sé dónde estoy. ¿Ese árbol era el mismo de antes? Y qué sé yo. Todos me parecen iguales. Y ahora camino unos metros más y sigo creyendo que voy hacia atrás. Estoy perdida. Y sin embargo cierro los ojos y te veo sonreír como la primera vez en que te vi, esa sonrisa que rompía todos los esquemas, que desde ese momento me enamoró, y me convirtió en suya. Sí, yo era esclava de una sonrisa, pero no de una cualquiera, de su sonrisa. Y al abrir los ojos sólo veo árboles y espinas de rosas que se marchitaron hace años, cinco para ser exactos. Coloco un dedo sobre una de ellas y una gota de sangre cae hasta el suelo y salpica sobre mis pies descalzos, pero realmente me daba igual. Lo único que me importaba era salir de ahí. ¿Pero por dónde? Me bloqueo y comienzo a llorar, me caigo al suelo y me tapo la cara con las manos ensuciadas de tierra mientras esas lágrimas vuelven a aparecer, aquellas lágrimas que terminaron con todo, incluso con mi vida, la que se fue desvaneciendo tras escuchar esas palabras llenas de sentimientos rotos, los cuales se ahogaban en sangre, sangre de aquellas pequeñas lágrimas que caían de mis ojos mientras mi vida se apagaba, hasta morir. Pero y qué sentido tiene si tú me diste la vida y me la quitaste a la misma vez, si conseguiste que todo dejase de ser. Sé que nos equivocamos, pero ¿y quién no lo hace? ¿Acaso somos perfectos? Nos hemos olvidado de todos los momentos buenos que hubo a lo largo de esos años, de la felicidad que nos producía abrazarnos y quedarnos dormidos juntos, de despertar comiéndonos a besos. De ser nosotros. Por qué perdimos la esperanza... Por qué lo hicimos...

(Algo ocurre... Nada.)

Me despierto y miro a mi alrededor. Está amaneciendo y no sé ni cuántas horas habré dormido. Me levanto y sigo adelante, camino sin pensar en nada, sólo en salir de aquel camino largo y peligroso, este camino al borde de la muerte, el que te lleva al olvido de todo, menos de los mejores años de mi vida. Esos siguen estando ahí, para hacer aún más daño. Entonces escucho una voz, ¿será verdad? Lo olvido, -aquí nada ha pasado, sólo camina-. Pero sin darme cuenta he llegado a un pequeño descampado donde un lago de agua fresca y limpia se postra a lo largo de él. Me acerco y me limpio las manos, la cara y el cuerpo. Es extraño no encontrar espinas por aquí, que se claven al caminar en tu piel, y hagan que sigas muriendo por cada paso que das. Y no entiendo el por qué, no me alegraba haber salido de allí, ¿sería acaso porque tenía que seguir ese camino de espinas tan puntiagudas y afiladas? La voz vuelve a aparecer. «Vuelve, despierta» me dice. «¡¿Pero quién eres?!» respondo. Aún sí nadie ni nada me responde. (...) Este lugar es un sin fin de preguntas a las cuáles no consigo dar respuestas. Pero qué más da. Vuelvo a cerrar los ojos. Esta vez estás tú riéndote. Ah ya, recuerdo este día. Qué tiempo hace desde aquello. ¿Cuánto? ¿Siete años? Puede que incluso ocho. Me rugen las tripas, tengo hambre. Veo a lo lejos un arbusto con frutos y me acerco. Aún así no estoy segura de que debo probarla, pero me la juego y la pruebo. Está buena. Sigo comiendo hasta hartarme. Pero ahora no sé qué hacer, ¿sigo andando? El resto del camino volverá a ser doloroso. Pero no tengo otra opción, debo seguir. El recorrido no fue distinto al otro, seguía clavándome pequeñas espinas que atravesaban árboles y montañas, arbustos y bosques enteros. En cierto momento me tapaban el camino, una especie de arbusto enorme de espinas se postraban ante mí, y yo tenía que esquivarlas, pero eso es difícil, aún así salí de ahí, margullada, llena de heridas, rota por dentro, por fuera. Y a unos pasos más, cincuenta metros, ¿cien? No lo sé. A lo lejos veía un claro, y tuve que caminar a él, tenía que hacerlo. No podía parar ahora. Empecé a correr, a ser más rápida, y me caí, tropecé justo en el último momento. Y, antes de que pudiese darme cuenta, me había vuelto a desmayar, entre espinas y rosas muertas. No sin antes ver, la tumba llena de rosas que se postraba ante mí. ¿Sería acaso esa tumba mi fin?

(Pi…Pi…Pi….)

¿Dónde estaba? ¿Qué estaba pasando? No puedo abrir los ojos, ni decir nada. Tan sólo puedo escuchar. Pasos, voces, ruido. Gente. ¿Acaso eso que oía eran personas a mi alrededor? ¿Todo volvía? ¿He despertado donde hace cinco años? No, imposible. (¿Hola? ¿Estás ahí? Dime que sigues viva… Por favor, te necesito.)

Por fin, conseguí abrir los ojos. Sin embargo… sólo veo gente vestida de blanco, otros de negro. -¿Quiénes son?- Entonces mis labios fueron capaces de susurrar una palabra, una sola palabra…

-¿Ignacio?

Tan sólo escuché una frase:

-No, no está… Ha... Ha… muerto.

-¿Qué?

Sólo una palabra más, y mis ojos volvieron a cerrarse. Todo se echó encima de mí. Y ahora lo recuerdo todo. El accidente. Aquel día de lluvia en el que juntos íbamos de la mano, y entonces algún loco se saltó el semáforo. ¿Entonces… esa tumba? ¿Era suya? ¿Aquella tumba… acaso realmente era su tumba? ¿Acaso eso significaba que el fin de mi camino, de años de lucha, se terminaban ahí? Y ya… ya no me quedaba nada más. Tan sólo cerrar los ojos, y acompañarle. Hasta la eternidad. Justo como le prometí.

(Pi… Pi… Pi……………)

-Se acabó. Todo. – Firmado: Rose.

Leer el texto completo ...

Concurso de Relatos 2014 - Categoria B: Mi tumba de porcelana

Pienso ‘’el café me ha quemado, me he dado en la rodilla con el pico de la mesa, mi jefe me ha gritado, me he manchado el vestido nuevo, me han insultado mientras conducía y me he tropezado con el escalón’’. Mientras enumeraba una y otra vez aquel nefasto día, paseé por las estancias del minúsculo apartamento devastando todo aquello que me recordaba lo que ya no era: nuestras fotos, nuestra vajilla, nuestros libros, nuestra televisión, quería destrozar un mundo que ya no era mío.

Tras abrir la puerta, camino hacia el fondo de la pequeña sala. Me agaché y regulé los controles de mi bañera como si fuera un piloto de una pequeña avioneta rumbo a unas cálidas playas del Caribe. El agua caía lentamente en la vieja bañera de porcelana mientras miraba con recelo al espejo. La habitación se encontraría sumida en la más profunda oscuridad si no fuera por la tenue luz del ocaso que entraba por la pequeña ventana, encima de la bañera. Aquellos rayos chocaban tímidos con los azulejos celestes y daba una sensación de olas de mar por las paredes; volví a pensar ‘’el café me ha quemado, me he dado en la rodilla con el pico de la mesa, mi jefe me ha gritado, me he manchado el vestido nuevo, me han insultado mientras conducía y… y, ¿qué era lo otro?’’. No le di importancia. Miré al espejo e intenté verme, pero no podía. Me estremecí al ver a una extraña en el cristal manchado de salpicaduras de jabón, mas tan solo era el reflejo de lo que se encontraba de frente: la imagen que había creado.

Aparté la vista y empecé a quitarme el vestido negro de rosas manchado de café, que se deslizó suavemente, como si mi piel fuese de escarcha; lo dejé caer. El sonido del agua golpeaba gota a gota, era la melodía de los recuerdos olvidados. Miré de nuevo al espejo y al reflejo que, a pesar de todo, no alcanzaba a reconocer. Pero ya había visto su cabello. Conocía esos castaños y enredados tirabuzones, que caían por los hombros desnudos en un mar caótico de rizos. Mi mano, instintivamente, pasó los dedos por la desordenada melena y la sensación era tan reconfortante que por un momento creí que él se encontraba a mi lado. Una fría mano pasó por mi pelo, paseando sus gélidos dedos por el cuello hasta acabar rodeando fuertemente mi cintura. Todavía recuerdo cómo me abrazaba. Pero el frío empezó a ser demasiado fuerte y, al volverme, vi con desilusión que se trataba de la ventana que, mal cerrada, se había abierto silenciosamente y dejaba entrar el lejano sonido de una sirena. Y aquellas frases reaparecieron en mi mente ‘’el café me ha quemado, me he dado en la rodilla con el pico de la mesa, mi jefe me ha gritado, me he manchado el vestido nuevo y… Bueno, da igual’’. Al volver a mirar el espejo, pude reconocer los ojos color caoba, como chocolate derretido alrededor de un punto negro. Los fantasmas del pasado aparecieron ante mí. Sus ojos color zafiro, como un mar en calma antes de la tormenta, luchando por sobrevivir contra los míos como aquel árbol que se iza hasta el cielo a pesar de la tempestad. Entre un huracán de mentiras, sus ojos siempre decían la verdad.

Y ahora que no está, me siento vacía. Un agujero negro en mi interior que me consume lentamente. Podría haber hecho algo, haber demostrado que todavía sigo aquí. Pero lo único que oigo es ese silencio mortal que nos destruyó tan ferozmente. Su silencio, mi silencio, nuestro fin. Todo terminó tan pronto que me ahogaba en un mar de culpas.

Pero ya era demasiado tarde, no podía cambiar lo que el pasado estaba escrito. No quería seguir pensando, así que tarareando aquel anuncio tan pegadizo, empecé a desabrocharme el sujetador de encaje negro. Con un movimiento despectivo, aparté el sucio mechón de mi rostro y me encontré con unos labios en el espejo que eran idénticos a los míos en una mueca de triste sonrisa. A él le encantaba besarme. Le encantaba morderlos hasta hacerlos sangrar y fundirlos en un beso metálico con sus finos labios. Maldecía mi memoria y observé que el sujetador caía lánguidamente por mi piel. Era una sensación agradable, que me recordaba a sus…

Con movimiento brusco rompí el cristal que se fragmentó en mil trozos y cayeron con gran estrépito al suelo y al lavabo. Producían un efecto brillante, como de estrellas fugaces. Sangraba ahí donde los cristales se habían incrustado como cuchillos. Sangraba en la mano, en el vientre, en las piernas, y en el alma. Estaba harta de recordar. Estaba rota porque no supe olvidar. Y como el agua de mi bañera, las mentiras rebosaron en mi cabeza e inundaron todo el interior con recuerdos vacíos.

De pronto empezaron a sonar golpes sordos en la puerta de la casa; primero, tímidos, luego más enérgicos, pero ya nada me importaba lo de afuera. Me quité la única prenda que cubría este dolido cuerpo y caminando sobre los cristales rotos, pequeñas cárceles del reflejo de mi imagen, me metí en la bañera, la cual se derramaba más y más a medida que mi cuerpo se adentraba en ella. Me incorporé y cogí uno de los cristales que, sarcásticamente, tenía forma de puñal y me miré en él. Esos ojos me miraban con tanta furia… Estaba cansada de engañarme: El café no me ha quemado, me lo han vertido sin pedir perdón. No me he dado con el pico de la mesa, me he golpeado cuando pasaban a mi lado sin verme. El jefe no me ha gritado, me ha amenazado con echarme. Y todos los que he olvidado siguen en mi interior, gritando, hablando, susurrando; convirtiendo las palabras en nudos en mi garganta para ahogarme entre sollozos. Todavía veo su rostro frente a mí. Él era el claro en la tempestad, la mano que me sujetaba en el abismo.

Pero él ya no está y no puedo soportar el peso de mi historia. Mi cuerpo yace apenas sin vida, sumergiéndose, en una bañera llena de la sangre de recuerdos y esperanzas. Mi mano dolorida que se alzaba por encima del agua sujetaba el cristal. Empecé a temblar, pero lo así con determinación y… solo rozó ligeramente la piel de mi vientre. Unos ojos brillaron en el espejo, como dos destellos que gritaban desesperados buscando ayuda, y lo miré más fijamente. Por fin reconocí a la extraña que se reflejaba en el espejo. Soy el reflejo de cada persona que conocí; de sus celos, de su envidia, de su amor… de su vida.

Una sensación amarga emergió de mis entrañas. Aquellas mentiras que él me decía era el veneno que me destruía por dentro, quería hacerme creer que le necesitaba y así lo consiguió. Al final me convertí en todo lo que nunca quise ser. Y es irónico pensar que lo que unos ven no sea real y lo que es real nadie sea capaz de ver. El odio se estaba apoderándome de mí ferozmente, pero me di cuenta de que ya no era tiempo de lamentarse, ahora tenía que resurgir de mis cenizas, agarrarme a la vida. Intenté con todas mis fuerzas levantarme, pero ya no me quedaban. Lágrimas atormentadas caían rabiosas por mi rostro, ya nunca podría demostrar quién era yo.

Mientras espero a la cercana muerte, escucho el ruido imperceptible de una sirena que me acompañará en mi último viaje.

Leer el texto completo ...

martes, 20 de mayo de 2014

Concurso de Relatos 2014 - Categoria B: La vez que tú no me echastes de menos, y yo te eché de más…

¿Has visto? No hay nada delo que tu odiabas. He tirado bolsas llenas de ansiedad, he desechado los miedos, miedos que no sabes cómo transformar en malas pesadillas, y la agresividad que antes me embargaban.

Ahogada en una inmensa oscuridad sin poder respirar, oir, ni ver. Construir un muro tras otro para solidificar la barrera que me separa de lo desconocido. Encerrarme en un baúl junto a la llave que abre la cerradura. Cavar mi propia tumba y esperar a que alguien me rescate. No dejo una vía por la que permitir a los demás entrar, no me dejo si quiera salir.

Y es que sola no entiendo la vida, me encuentro en una calle sin salida.

Le vendí mi alma al diablo a cambio de una razón por la que vivir, encontrar la ilusión que perdí y volver a sentir las ganas de luchar. Le vendí mi alma al diablo a cambio de poder rozar la realidad con la fantasía y ser libre. A cambio de constancia, voluntad y permanencia. Dejar correr mis pensamientos, no encerrarlos en una habitación gris.Participar en un juego de distracción, a cambio de sentirme viva. Le vendí mi alma al diablo y a cambio me enamoré de ti.

Más tarde nuestras bocas se encuentran. Tú me arropas con tus labios y yo me dejo llevar. Y es que si te vas, me pierdo. Vuelvo a estar en un callejon sin salida. Aprovecho cada segundo que paso contigo, bebo de él como si de alcohol se tratara para dejar de ser consciente de la realidad que me rodea…

Inhalo cada palabra que diriges hacia mi, y no sabes lo bien que sienta. Eres mi adiccion, mi elixir, estoy borracha y colocada de ti.

Y juro que el tiempo pasa pero las cosas no cambian y en mi sueño aún aparece el recuerdo de tus dedos en mi espalda, del susurro de un te quiero con las manos enlazadas en el lecho de una cama que aún no vio salir el sol.

Yo te echo de menos y quizás me eches de más y aunque me juro haber cambiado se que ya nada es igual pero sigo esperando una llamada, un aviso, una luz que acabe con mi oscuridad. Y es que aunque he recibido golpes y ninguno dejó rastro en mi piel, miles de cicatrices remiendan mi corazón, que supura dolor y suplica perdón.

Estoy cansada de coserme las alas con lágrimas y es que volar cerca del sol da el calor que siempre sueñas, pero adormece la razón. Estoy cansada de bailar para las estrellas, con el alcohol por amante y el tabaco por galán, y es que aunque no me crean no hay mejor melodía que oírte respirar.

Yo te echo de menos aunque tú me eches de más y he encontrado un recoveco donde forjarme una vez más, reparar cada rotura, cara herida sangrante, recuperar una sonrisa que busque felicidad. Albergar una esperanza, de no volver a caer, de decir adiós a tiempo de olvidarme de querer; buscar solo una piel donde anclarme un par de horas, unos labios que me busquen para no volverme a ver. Un efímero deseo repetido cada noche, entre diferentes sábanas, contra una distinta pared. Y es que he pasado de buscarte a perderme entre las dudas y los miedos son la fuerza que me hacen dejarte atrás.

Tú no me echaste de menos, y yo te echo de más.

Leer el texto completo ...