Este periódico escolar nace como una aventura en la que un grupo de alumnos y de profesores quieren explorar las posibilidades de las herramientas de comunicación que existen en Internet. Está abierto a la colaboración de alumnos y profesores de nuestro Instituto.
_______________________________________________________________________________________
Mostrando entradas con la etiqueta LITERATURA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LITERATURA. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de marzo de 2012

Solidaridad en Letras

El alumno de 1º de ESO B, Juan Carlos Prieto Campos ha ganado el primer premio del concurso literario Solidaridad en Letras, gracias a un enternecedor relato titulado EN LA VIDA REAL, el cual se publica a continuación:

EN LA VIDA REAL 

Bueno esta historia empieza describiéndome, a mi mismo: me auto defino como un chico inteligente, alto y un poco soñador, porque estoy todo el día imaginando Me gustan los videojuegos , como a cualquier chico de mi edad y es justo aquí donde empieza esta historia.

Me encontraba plácidamente en mi sofá jugando con la vídeo consola, cuando estando yo desprevenido un torrente de voz fuerte por decirlo así , me bajo de las nubes. Al girar mi cabeza hacia el lugar de donde provenía tal escándalo, pude ver claramente ese rostro enfadado. Hasta que me di cuenta que no era otro que mi padre. Repitiendo con la misma fuerza de voz de antes, dijo:

- ¡DEJA DE JUGAR YA LLEVAS TODO EL DÍA DELANTE DEL TELEVISOR!.

Sin pensármelo dos veces me vestí rápidamente y me fui al parque con mis llaves en el bolsillo. Iba pensando en mis cosas y, sin que me diera cuenta, ¡estaba en el parque! Hasta ahora , todo iba bien , pero lo que yo no sabía, era ante lo que estaba, lo que me sucedería y que seguramente, aprendería una de las lecciones más importantes de mi vida.

A llegar al parque , ante mi sorpresa, estaba casi vacío y soplaba una brisa fresca, que daba sensación de abandono y soledad, así que pensé:

-Bueno, estará bien disfrutar de un poco de soledad.

Pero , ¡que equivocado estaba! . Nada más poner un pie en el parque , se escuchó un suspiro profundo, que inspiraba tristeza , dolor y sufrimiento.

Alcé la cabeza lentamente para ver de donde provenía tanto sufrimiento. Entonces una silueta humana que caminaba a paso lento y encorvada , de la que antes no me había percatado, apareció entre la niebla, de aquel día de invierno tan frío.

Me fui acercando, poco a poco con precaución. Pasando por los conocidos columpios, mientras iba al encuentro de aquella silueta , se escuchaba un rechino que hacía que el parque pareciera más abandonado aún.

Cuando llegué a una distancia desde la que se distinguía el rostro, como yo me imaginaba, era un anciano de unos ochenta años. Apenado por aquella situación ya que el pobre cargaba con un gran peso de bolsas de la compra ,incumpliendo lo que me habían dicho mis padres sobre acercarse a desconocidos, me dirigí hacia el y le pregunté tímidamente ¿si quería que le ayudara? El, estuvo mirándome con mirada de desconfianza unos segundos. Entonces comprendí que le pasaba algo con la juventud y le dije:

- ¡Hola ! me llamo Juan Carlos Prieto Campos y ¿usted se llama?

Rápidamente me miró con una sonrisa leve y dijo con una voz débil:

- Me llamo Rafael.

- Rafael, siempre me gustó ese nombre, pensé que podíamos mantener una amistad, pero aún no estaba del todo seguro.

Cuando el acabó la frase , le volví a preguntar:
- ¿Le ayudo con las bolsas?.

Me dio una de las tres pesadas bolsas que llevaba.

Le acompañé hasta su casa y subí con el en un pequeño ascensor de un bloque antiguo, con poca iluminación y un poco solitario y siniestro.

Su casa era pequeña, en ella sólo podría vivir una persona. Con un poco de vergüenza, le pregunté:

- ¿Y su esposa?.

Rápidamente le cambio la cara y señaló a una repisa que estaba a punto de caerse. En ella había un marco pequeño y antiguo, con el cristal roto y la madera del marco apulgarada en algunas partes en forma de círculo. Pronto, descubriría a que se debían unas marcas tan extrañas.

Cogí con un poco de asco el cuadro y le pregunté por la foto. En ella aparecía una mujer joven y bella con Rafael de la mano. Solo dijo una palabra antes de que una lágrima resbalara por su mejilla, esa palabra fue Victoria.

Enseguida le comprendí y en parte me sentí mal por haberle recordado esa mala experiencia. Pero el, a mi sorpresa dijo:

- Gracias.

No le entendí muy bien y con miedo le pregunté por sus hijos. El se levantó y fue a la cocina, yo tuve un poco de miedo , me quedé sentado en ese polvoriento y viejo sofá. Trajo un bote de Cola-Cao caducado de hace diez años. Entonces, comprendí la soledad a la que se enfrentaba día a día.

Me dio mucha pena, así que le hice una promesa, que no sabía si podía cumplir. Le dije:

- Si tu quieres Rafael ve todos los días al lugar donde nos conocimos , allí estaré yo.

El asintió levemente.

Los tres primeros días asistió y fue una experiencia única y maravillosa que le recomendaría a todos, hablábamos de nuestros problemas, me contaba historias asombrosas sobre su juventud...

Al día siguiente faltó y me extrañó mucho así que me fui a mi casa. Faltó toda la semana siguiente y me extrañó demasiado, así que fui a su casa y nadie respondió. Sabiendo que me metería en líos, llamé a la policía. Vinieron y no me dejaron entrar hasta que sacaron una camilla tapada con una manta, me quedé de piedra, una lágrima resbaló por mi mejilla y un frío invadió mi interior.

Con miedo, entré y observé un papel arrugado en aquel estante a punto de caerse. Era una nota y ponía lo siguiente:

Gracias por hacer que los últimos días de mi vida
no los pasara en soledad total.
Gracias porque sin ti, mis últimos momentos de vida no
habrían tenido sentido. Gracias a ti he podido dejar este
mundo en paz y tengo muy claro que sin ti habría
arrastrado mi soledad conmigo.
Gracias Juan Car


Seguramente , escribió esto en sus últimos momentos de vida, ya , que no llegó a terminar la nota. Miré al cielo y, le dije en mi mente:

- De nada.

Tenía una idea en mi cabeza , debía seguir ayudando a las personas, así que sin decir nada más , me fui del lugar con la nota en la mano y busqué a más gente. Encontré y ayudé a muchas más personas.

Pero nunca pude quitarme de la cabeza aquella silueta encorvada que andaba a duras penas atravesando la calle.

Aprendí que la vida es mucho mejor si se comparte, si se ayuda , si te relacionas. Y que lo mejor que puedes hacer por una persona es quererla y regalarle aquella cosa no material que cualquiera desea al final de su vida, UN AMIGO.
Juan Carlos Prieto Campos (1º ESO IES Antonio Machado).

Leer el texto completo ...

miércoles, 15 de junio de 2011

Amalia

Trabajo premiado de Beatriz Morillo
Amalia
Todas las grandes ciudades tienen un metro, con más o menos líneas, más o menos moderno e inhóspito pero lo tienen. Miles de personas lo usan al día, con prisas, con ansia, con miedo a perderlo y dejar escapar oportunidades únicas… Otras simplemente temen llegar tarde a su destino. Los tickets usados ruedan como pelotas; un niño los golpea creyéndose futbolista. Un hombre barbudo y harapiento se arrastra por el suelo revisando las tarjetas multiviaje que, ya usadas, quizá alberguen ese último viaje que quedó camuflado ante los ojos de su anterior dueño, y quizá le lleve de vuelta de nuevo a la felicidad, a su antigua casa, a su antigua vida. Su compañero toca un desafinado instrumento que recuerdo fue de otra vida. Pacientemente, espera esas monedas que le darán de cenar a la noche, y sonríe intentando enternecer a los privilegiados viajeros para que suelten las vueltas que, tintineantes, se oyen desde sus bolsillos.
Estudiantes con mochilas a la espalda, apuntes en mano y auriculares en los oídos, esperan impacientes a que los lleven de vuelta a casa, a la biblioteca o Dios sabe dónde.
Adolescentes en grupo. Chicas de no más de quince años subidas en sus tacones, modelos cortísimos de pedrería y maquillaje oscuro que las hacen mayores y agresivas. Chicos con bolsas de plástico donde llevan bebida. El sustento de sus vidas, la diversión de sus días. No es más de media tarde. Se ríen entre ellos mofándose de la inocencia de sus padres, que los han dejado salir creyendo que iban al cine.
Empresarios trajeados ocupan todo el banco. No levantan ni un segundo la vista de sus sofisticados teléfonos móviles. Acuerdan citas, cierran tratos de última hora, que pueden hacer que sus vidas caigan en desgracia o simplemente hagan que continúen en esa nube de derroche y lujo en la que viven.
Una mujer embarazada está de pie junto a ellos. Está cansada, tiene los pies hinchados, su bebé le recuerda que existe pataleándola. Apoya las manos en sus riñones para erguirse y así aliviar un poco el dolor. Ha tenido que venir andando desde la consulta del médico y ha tardado más de cuarenta y cinco minutos; estaba deseando poder sentarse. Nadie le ha cedido el sitio, ni el menor gesto de cortesía, ni una sola mirada de afecto.
En menor medida, también podemos encontrarnos con gente sin rumbo fijo, que elige líneas para pasearse y carece de planes para la tarde del sábado; están solos y quieren aislarse en esa pequeña villa subterránea llena de túneles, sonidos, luces, vaivén… Camuflarse entre esas personas que aparentemente llevan un destino, mezclarse entre ellas, aparentar indiferencia y seguridad, sumergirse y olvidar la cruel realidad que arriba queda.
Nacho está sentado en el suelo, para él tampoco había sitio. Espera paciente a que lo lleven de vuelta a casa; la pantalla digital marca desde hace más de diez minutos que el metro está a punto de llegar, sin embargo sigue ahí sentado. Agarra con fuerza una carpeta abarrotada de folios que contiene lo que posiblemente sea su salto a la fama en el mundo de la literatura. Tiene miedo a que se la roben, la abraza muy muy fuerte contra sí. Realmente, él sabe que esos folios no irán a ninguna parte y quedarán lejos de convertirse en un “best-seller”. No son más que esbozos de lo que podría ser una novela, ideas sueltas, sin terminar de unirse entre ellas y, que si llegara a leer algún editor, no dudaría en hacer aviones y barcos con ellos.
Hace más de un mes que pasa todas las tardes en la biblioteca anotando sus ideas y documentándose para crear algo grande. Lleva varios meses leyendo a los grandes novelistas, intentando influenciarse en su forma de narrar y crear a los personajes. Parece que no está dando mucho resultado; de hecho, está descuidando sus estudios; todos saben que este año es decisivo para él, está a las puertas de la facultad y no puede permitirse ningún descuido... se estaría lamentando toda su vida… pero ahora mismo en lo único que piensa es en alcanzar esa fama y éxito que algún día gozaron escritores de la talla de Delibes o Cela… poder llegar a ser como ellos…
Parece no ser consciente que, al exigirse tanto y no ir poco a poco, la frustración le invade y absorbe, impidiéndole concentrarse en ninguna de las tareas que se propone...
Lo primero que haré, nada más llegar a casa, será tomarme una taza de café bien cargada y continuar pensando en nuevos personajes y modificaciones que pueda hacerle a la novela…- dijo para sí.
El suelo comenzó a temblar. Un zumbido se iba acercando, la gente al notarlo se fue poniendo en pie, y los que ya lo estaban, se iban preparando. Las madres, sobreprotectoras, agarran a sus hijos fuertemente de las manos para evitar que salgan corriendo o se extravíen en mitad del gentío.
Todos se acercan a las puertas, algunos no recuerdan que hay que dejar salir antes de entrar y a empujón limpio se cuelan, todo sea por asegurarse esa plaza para estar sentados durante el trayecto…
El último de la cola, ahí está él, sin prisas, sin empujar a nadie. De todas formas, no por antes entrar va a llegar antes a casa…
Para su sorpresa, el vagón no está completo, quedan algunos huecos libres, pero no se molesta en sentarse, se agarra a una de las barras metálicas que hay junto a puerta y se sumerge en sus pensamientos a la vez que, suavemente, el tren se vuelve a poner en marcha.
El vaivén de los raíles le mece, le balancea de un lado a otro, su cuerpo está débil, agotado… ya son dos las noches que lleva sin dormir… Le pesan los párpados... Nota que puede perder el equilibrio con su adormilamiento y se agarra aún más fuerte al barrote, deja posar la cabeza para así poder descansar aunque sean sólo unos minutos, y cierra los ojos… de todas formas, todavía quedan varias paradas hasta llegar a casa...
Levanta la vista y ve que, justo al lado de la ventana, hay una chica sentada, sola, nadie ha querido sentarse a su lado. Está completamente sumida en su libro, un grueso volumen con una cubierta de cuero que no deja a la vista ningún título.
El vaivén del vagón hace que la cabeza de la chica se mueva de un lado al otro. Algunos mechones de pelo rubio le caen rebeldes; ella los ignora y no se molesta en colocárselos tras las orejas. Su pelo es largo, liso, cae sobre sus hombros hasta llegar al pecho. La blancura de su piel se confunde con la claridad de su pelo, apenas puede ver su cara, aun así se fija en sus manos. Tiene unos dedos largos y finos, no lleva las uñas pintadas, ni anillos ni ningún tipo de abalorio. Lleva un suéter de hilo azul con el cuello en forma de barco que deja a la vista sus pronunciadas clavículas y una elegante gargantilla donde se vislumbra un solitario brillante. Las luces se reflejan y juegan con él, un arco iris emana desde su pecho y parece invitar a Nacho a acercarse.
Como hipnotizado por ese festival de colores y por el aura de misterio que emana de la chica, se acercó a ella y se sentó justo a su lado. Cae de una forma más brusca de la esperada y, a pesar de haber chocado contra ella y haberla movido, ella no levanta la cabeza de su libro, no le mira, ni se inmuta.
Puede ver su perfil, no tiene los pómulos muy marcados, tiene unas facciones suaves, no tiene ninguna mancha ni marca a la vista. Sus labios carnosos están pintados de un rojo cereza que resalta aún más la blancura de su cara. Sus orejas están al descubierto, y no lleva pendientes. Tiene que haberse dado cuenta de que la lleva mirando un rato. A pesar de ello no se gira, su libro es lo más importante.
Curioso, echa un vistazo sobre lo que lee y, para su sorpresa, no entiende el texto. No está en castellano, tampoco en ninguna lengua que él conozca; no es inglés, no es francés, tampoco parece alemán… una lástima no poder entender lo que la tiene tan abstraída.
Inmerso en su admiración e incredulidad, no se da cuenta de que ella le mira, ha levantado la vista del libro y tiene sus ojos clavados en él. Cierra el volumen de un golpe seco.
Nacho, Nacho, puede que no sepas que leer a hurtadillas los asuntos de los demás es de muy mala educación; de hecho, da una muy mala impresión de lo que en realidad eres…
Su voz sonó firme, suave, salpicada con unas notas de agudeza que se compenetraban a la perfección con esa manera peculiar de haberle llamado la atención. La musicalidad de su voz hizo que pasara por alto el hecho de que supiera su nombre sin antes haberse conocido ¿O si se conocían?
¿Cómo sabes mi nombre?- consiguió preguntar, balbuceando.
Sus enormes ojos verdes estaban clavados contra él, no podía ver nada a través de ellos. Tan cercanos y a la vez tan impenetrables…
Sus labios mostraban un esbozo de lo que parecía una sonrisa, indiscretos, le dejaban entrever la cantidad de secretos que en su interior guardaban.
Vaya, me has defraudado bastante. Yo que esperaba otro recibimiento por tu parte, después de haberme tomado la molestia de haberte estado visitando todos estos días en sueños…
No podía creerse lo que estaba oyendo, ¿en sueños?, ¿visitando?... ¿qué decía?
Oye, de veras que no entiendo lo que dices; además, no suelo tener sueños, ni mucho menos recordarlos… por cierto, ¿me puedes decir quién eres?
Su frente lisa y marmórea se arrugó, dejando ver claramente su molestia con esa pregunta.
Me sorprende que un futuro escritor como tú no sienta curiosidad por explorar más allá de lo racional y sumergirse en el maravilloso mundo surrealista de los sueños… ¡Me esperaba mucho más de ti, desde luego!... De acuerdo, no te haré pensar más. Tu actitud me preocupa, estás así desde que comenzaste con toda esta historia de la novela, te intenté ayudar desde el principio, aconsejándote sobre qué aspectos cambiar de los personajes y el desarrollo de los acontecimientos, pero tú no me escuchabas, seguías dándole más importancia a aquellos que menos debían tenerla…¡y a mí me dejabas completamente de lado!
…Creo que esto es demasiado para mí, no entiendo nada, no me caben en la cabeza todas las cosas que me estás diciendo…
El vagón fue ralentizando el ritmo, pero los pasajeros que iban en él apenas se dieron cuenta. Algunos iban de pie, otros sentados, todos con la mirada fija en un punto, sin hablar entre ellos, abstraídos como si ya estuvieran informados de hacia donde se dirigía ese tren y lo que les deparara al llegar.
Ella se levantó de su asiento sin apenas apoyarse, no pudiendo evitar tambalear y caer sobre Nacho.
Por favor, antes de que te vayas, dime al menos tu nombre.
Se liberó de sus brazos y consiguió acercarse a la salida. El tren se detuvo completamente y las compuertas se abrieron. Justo antes de bajar, le dedicó unas últimas palabras:
Cámbiame el nombre. Cambia la historia. Sal del sueño.
Sin decir más, se fue. Pero justo antes de perderla para siempre, salió corriendo detrás de ella, evitando dejarla escapar y deslizándose bruscamente entre las compuertas que ya se cerraban.
Vacío. La presión iba a hacer que de un momento a otro le estallase la cabeza. Dolor. Un sonido se iba haciendo cada vez más agudo y le taladraba sin compasión los tímpanos.
Próxima estación: Gran Plaza. Enlaces con líneas dos, tres y cinco.
Un golpe seco en la cabeza le sacó del aturdimiento tras el frenazo del tren. Estaba en el suelo, en posición fetal, con su maleta y carpeta a modo de almohada. Atraía miradas curiosas, algunas de compasión y lástima, otras cargadas de repulsión. La impresión que debía de dar debía de ser bastante deplorable: dormido sobre el suelo del vagón de un metro. ¡Como un indigente!
Se intentó levantar pero el dolor de cabeza era bastante intenso, por lo que se irguió y apoyó la espalda contra la pared, quedándose sentado.
Buscó con la mirada por todo el vagón sus ojos. Y allí estaba, junto a la ventana, en la misma postura que la había visto hacía unos momentos, enfrascada en su libro. Con todas sus fuerzas se acercó a ella de un impulso. La gente se apartaba con miedo a que cayese encima de ellos y causase un estropicio. Tal como lo había vivido, al lado de la chica había un sitio libre. Agarrándose a una barra de hierro consiguió sentarse a su lado haciendo un ruido estrepitoso. La chica lo miró asustada, sus ojos se cruzaron con los de él, colmados de deseo y esperanza. Sin esperarlo, le cogió la mano y ella soltó un grito.
¡Te he encontrado de nuevo! ¡Por favor, dime cómo te llamas!
La gente se percató del jaleo y algún valiente intervino separando a Nacho de la chica que, asustada, se arrinconaba a la pared del vagón buscando protección.
¡Sólo quiero saber tu nombre…!- gritó en medio de un forcejeo con dos hombres musculosos. La gente había montado un gran revuelo. Las madres agarraban fuertemente de la mano a sus hijos, con miedo a que se les acercara aquel perturbado, otras que no tenían hijos a los que cobijar protegían sus bolsos arrimándolos hacia ellas.- ¡Nos hemos visto en sueños!- dijo, mientras su grito se camuflaba con la voz de alarma de un señor pidiendo un agente de seguridad.
Al poco se detuvieron, habían llegado a otra parada. Sin dudarlo, Nacho se consiguió soltar de aquellos que le retenían, recogió sus cosas y salió corriendo, perseguido por los gritos de”¡ Perturbado!”,”¡ Degenerado!” y”¡ Pervertido!”.
Tras correr unos cuantos metros buscando seguridad y huir de las miradas inoportunas se detuvo, se sentó en el suelo apoyando su espalda contra la pared del túnel. ¿Qué le había ocurrido? ¿Hasta tal punto había llegado su fijación con la obra? Se había quedado dormido en el metro, todo había sido un sueño, y al despertarse y seguir enajenado había atacado a una chica… ¡que misteriosamente era igual que con la que había soñado…!
No puede ser… tiene que haber una explicación. Debo de haberla visto al entrar en el vagón, quizá a simple vista no me haya llamado la atención, pero he soñado con ella. No ha tenido más importancia. Tengo que relajarme, tomarme las cosas más tranquilamente…
Inconscientemente, abrió su carpeta y revisó que estuvieran todos los papeles en orden y que no faltara ninguno. Lo comprobó todo con el corazón en un puño. Demasiado en orden, pensó. Había incluso un papel con el que no contaba antes de subir al metro. Era un papelito pequeño, un recorte de un folio convencional. En él se podía leer nítidamente un nombre: Amalia
¿Cómo había llegado a parar ese papel a su carpeta? Dejó aparcado ese interrogante y se puso a releer sus apuntes buscando a cuál de los personajes correspondía la figura de Amalia. Debía de ser un personaje secundario, no podía ser uno de los principales.
Finalmente dio con ella. “Eloísa”, así la había bautizado cuando la creó. Entre dos párrafos que narraban las desventuras de la protagonista, sin molestar, tal y como había visto a su viva imagen, ahí estaba.
Te he encontrado.
A pesar de la brevedad y poca importancia que jugaba su descripción en el desarrollo de la historia, no se había dado cuenta hasta ese momento de la fuerza con la que la había creado. La protagonista y demás personajes parecían simples marionetas comparados con ella.
Decidido, cerró su carpeta. Se puso en pie, y con paso firme buscó la salida al exterior. No podía demorarse; tenía una historia que escribir y Amalia le estaba esperando.

Leer el texto completo ...

jueves, 9 de diciembre de 2010

Alehya


Alehya, la intocable

Hola, tengo diez años y me llamo Alehya. Vivo en una pequeña aldea de la India con mi hermanita pequeña, de cuatro años. No conocimos a nuestro padre, pero, a veces, me gusta imaginármelo como un hombre amable, inteligente y honesto. Nuestra madre murió al dar a luz a mi hermana, cuando yo sólo tenía seis años y una única amiga, mi “muñeca”, hecha de telas viejas.
Aquí, en la aldea, trabajo como lavandera, desde que puedo acordarme. Lavo ropas para unos señores ricos que, si no hago bien mi labor, me pegan fuerte. Al principio, me dolía mucho, pero, poco a poco, te vas acostumbrando. Mis amos tienen la piel algo más pálida que yo, que soy morena, con el color de los troncos de los árboles de mi pueblo.
Soy, según todos, una paria. No sé qué significa esto, pero, a veces, los he escuchado hablar y discutir sobre algo llamado “casta”. Al parecer, hay castas superiores e inferiores, y gente sin casta, como yo.
En el poblado nos enseñan a respetar a nuestros superiores y nos dicen que, si infringimos la ley, seremos castigados de las peores maneras que podamos imaginar. Esto me da mucho miedo.
Los “superiores” nos mandan, nos prohíben y nos obligan. Incluso he escuchado por ahí que nos pueden violar o matar sin dar muchas explicaciones ante la ley, porque nosotros no somos nada para ellos, que son los que hacen las leyes.
En la aldea, los parias somos como instrumentos: nos cogen, nos utilizan y, si no les gustamos, nos tiran. Los que tienen casta, normalmente, se abstienen del contacto físico con nosotros y, rara vez, nos miran. Intentan mantenerse alejados de nuestro reflejo, incluso huyen de nuestras sombras, porque si éstas les alcanzaran, creen que se volverían “impuros”.
Así que, como os podéis imaginar, vivir, o más bien, sobrevivir aquí, es muy duro, casi imposible.
Muchas veces he deseado haber nacido en otro lugar o en otro tiempo, con otro destino, no ser tan morena, no tener sombra…luego, pienso que todo esto algún día cambiará (dicen que en las ciudades ya se respetan nuestros derechos) y, por fin, seremos libres. Y entonces, entonces… es cuando de mis ojos azabache comienzan a caer lágrimas cristalinas, húmedas, silenciosas, que yo me seco con las mangas de mi vestido y me esfuerzo, a toda costa, por ocultar…porque los parias no lloran, no sienten dolor, no gritan, no sufren, no tienen emociones, no sueñan…. sólo hacen su trabajo sin rechistar. Son como las piedras o como los árboles; peor aún, porque son intocables.
Pues ésta es mi vida, y así es como el destino ha decidido que tenía que ser. Una vida de obediencia, explotación y sumisión absolutas.
______________________________________________________________________

Ahora, tengo ya doce años, y es invierno. El aire se ha vuelto gélido, y me corta las mejillas, produciéndome un dolor lacerante. El frío me cala hasta los huesos.
Sé que he cometido una locura, pero no podía soportarlo más. Cuando esta madrugada mi hermana y yo nos fuimos, como cada día, cargadas de ropa, para lavarla en el río, supe que algo tenía que cambiar. Así que dejé los fardos en el suelo, agarré fuerte la mano de mi hermana y echamos a correr sin mirar atrás. El río está a ocho kilómetros de la aldea y tardarán en notar nuestra ausencia.
Tirito de miedo y de frío, y me castañetean los dientes; pero siempre sigo adelante. A veces, oigo de lejos, como si estuviéramos en una película, la voz de mi hermana: “Nos van a coger, lo vamos a pagar caro…” Yo no la escucho; aprieto con fuerza su mano, y sigo corriendo a través de la selva.
De repente, tropiezo y caigo desde una pendiente altísima, arrastrando a mi hermana conmigo.
-Te quiero, hermanita – le susurro, y antes de cerrar los ojos - .Somos la no casta, las intocables, nadie nos quiere…es mejor morir que seguir viviendo sin futuro.
Luego, siento cómo mis lágrimas rebotan contra el suelo, y me desmayo.


Despierto en una sala aséptica de un hospital de campaña.
Escucho conversaciones lejanas y pregunto por mi hermana.
La voz de un hombre blanco hace que recupere la conciencia:
-No te preocupes, tu hermana está bien, recuperándose del susto, igual que tú. Os hemos encontrado perdidas en la selva; y os hemos traído hasta este campamento que pertenece a la ONG para la que trabajamos. Intentamos ayudar a niñas como vosotras por toda Asia. Colaboramos con otras organizaciones solidarias, que pretenden que el mundo sea un lugar un poco más justo.
Bueno, y ahora que ya sabes quiénes somos, ¿por qué no nos dices cómo te llamas?
Con una voz todavía muy débil, le respondo:
-Alehya.
Y entonces, me doy cuenta de lo que significa mi nombre: “sol naciente”; y pienso que ése será el sentido de mi vida, mi misión: comenzar una nueva era, luchar para que llegue un nuevo día, en el que los parias, como nosotras, tengan una vida digna y libre de desprecios.
Creo que podemos conseguirlo, pienso que con la ayuda y la solidaridad de mucha gente, como ésta que nos está apoyando ahora, llegará el momento en el que el sol nacerá de verdad, igual para todos, también para los intocables, también en la India.


Irene Reyes Noguerol  2º C

Leer el texto completo ...

miércoles, 22 de septiembre de 2010

El despertar



Ni siquiera sabía por qué. El color de su sangre seguía en mis manos, y mi mente trataba de eliminar su imagen muerta sin conseguirlo. Un cosquilleo frío subió por fin desde mis pies eliminando, como el agua no había podido hacer, ese extraño calor. No era miedo, ni dolor, ni siquiera incertidumbre, era felicidad completa. ¿Ella? Lo representaba todo y nada.
Mientras los pensamientos se agolpaban sin orden en mi cabeza, supe a qué dedicaría el resto de mi existencia, cuál era la misión que yo debía desempeñar.
Me marché con la sonrisa del que termina un trabajo perfecto y a tiempo. Sí, me repetí, eso era felicidad.

Helena Campos Galán. 2010.

Leer el texto completo ...